Volver a Las Cruces siempre es un viaje de vuelta a la infancia. Las casas grandes frente a la playa grande y la chica (La playa de la vírgen y la playa de las cadenas, como las conozco yo). Los taxis amarillos, las micros a toda velocidad por las colinas del litoral central. La tranquilidad de pueblito antiguo, los restos de poesía que se encuentran en las paredes del centro.
Esta vez quise volver a la casa que tenían mis bisabuelos. Hace 15 años más o menos que no volvía, porque fue vendida abruptamente cuando los viejitos partieron. Me arranqué un rato de mis amigos y partí guiada por los recuerdos. Sabía que había que subir las escaleras que están en un costado de la playa chica y en la cabeza tenía imágenes varias del camino a la casita, de esas que una guarda cuando tienes 5 o 6 años, pero que bien podrían haber sido sueños mezclados de tanto paisaje imaginado.
También sabía que tenía que llegar a la esquina de Violeta Parra con Calle 10, porque ahí estaba la casa del tatai y la mamita. Me detuve en un lugar y pregunté, me confirmaron que era por donde yo creía, y con el corazón a mil caminé hacia esa dirección. El camino era el mismo: calle sin pavimento, casas pequeñitas de madera, uno que otro perrito playero, de esos que te hacen sentir la mejor persona de mundo por la forma de mover la cola. Quizás faltaban algunos árboles, quizás un par de casas habrán cambiado su color, y en otras habrán plantado más (o menos) hortensias, cardenales, rayitos de sol, y todas esas flores de la costa. Quizás faltaba algún negocio, o abrieron otro. Pero el camino seguía siendo, prácticamente, el mismo.
Y la casa también era casi la misma. Solo que más chica, mucho más que 17 años atrás, cuando la Catita de 4 años se escapaba por un hoyo en la pandereta y se iba a jugar media cuadra más arriba, a la plaza que el tatai mantenía en esos tiempos.
La casa ahora era de color rojo descascarado, distinta a la impecable pintura amarilla y azul que mantenían en esos años. También faltaban los cardenales en el patio hermoso. Faltaban los perritos de esos años (en especial el Guapi y el Kayser) ahora quizás en qué cielo, y faltaba la madera en el patio de atrás para encender la salamandra. Faltaba el auto de mi mamá estacionado afuera, la música de carabineros que el tatai ponía mientras amasaba pan con chicharrones, y la infaltable cerveza Escudo heladita (De dónde más iba a salir yo así??).
En realidad, la casa no era tan la misma. Le faltaba harto cariño, con la pandereta media rota y el patio abandonado, sin ropa en los tendederos, sin los muebles a medio inventar del abuelito ¿Qué es la casa sin la casa? Sin el festival de viña en la noche con mi mamá y mis tías, o Chica Da Silva, cuando a mi me mandaban a dormir (pero escuchaba desde mi cama e intentaba imaginarme lo que ocurría). La casa no es mucho sin la casa, pero su presencia - ahora diminuta, porque nunca te das cuenta cuando creces - estremece el alma. La casa sigue con todos los recuerdos que esperan ser rescatados, sigue llena de energías que te tiran de memoria el corazón y te hacen llegar sin recordar el camino.
Al frente de la casa había una colina, que en nuestros tiempos tenía un bosque de eucaliptos donde colgábamos un neumático y nos columpiábamos tardes enteras con mis primos y los amiguitos de la playa cuyos nombres no recuerdo. Ahora el bosque ya no está (como casi todos los bosques) y la colina tenía una cerca porque ahora habían otras casas (como suele suceder). Tampoco estaba ya la plaza que mi tatai se encargaba de cuidar, la plaza llena de cardenales y rayitos de sol que él regaba, con juegos de madera, columpios y resfalines. La plaza que era grande y ahora también se volvió pequeñita como la casa, llena de malezas y sin ningún juego, arrasada por el huracán del olvido.
Cuando tuve suficiente de recuerdos tomé el camino de vuelta a la playa chica. A cada paso el revoltijo de la guata y el corazón tenía distintos matices. Sería fácil decir que todo se trató de tristezas por la casa y la plaza abandonadas, por el bosque cortado y los perritos que no están, pero creo que todo se trató más de alegrías. Alegría porque sabía llegar luego de todos los años transcurridos, alegría por volver (aunque sea por fuera) a la casa de cariño interminable, cargada de recuerdos de veranos de niñez, personas amadas que ya no están, navidades en familia, juegos con los primos, picaduras de zancudos y arena por todas partes. Alegrías porque espero, algún día, esa casa vuelva a ser la que era.
Las Cruces y su eterno resplandor, de pueblito lleno de historia pero inmutable en el tiempo. De calles tranquilas y rincones alucinantes, como la Caleta cerca de la casa de Nicanor, lugares evocados en mis sueños y reencontrados gracias a un viaje muy especial, con gente muy querida. Gracias totales.
Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir..
- Gabriel García Márquez
lunes, 5 de diciembre de 2016
lunes, 26 de septiembre de 2016
Chico pelvis
Al chico pelvis lo conocí por medio de mi vecina mexicana, que se vino desde su país siguiéndolo. Tenían un buen amor, al menos eso se veía. Carlos se llamaba, vivía en la Pintana, era un importante de la garra blanca del Colo, de los amks del Bosque. Rondaba los cuarenta y tanto años.
También era narco, y cada vez que llegaba a Prat (en distintos autos que iba cambiando periódicamente) organizaba un asado. Los porros, la cerveza y el jale corrían por su cuenta. Y vaya que corrían.
Conversamos una sola vez. Cuando supo que estudio sociología sentí que me tuvo cariño. "La socióloga" me dijo el resto de la tertulia. Me contó que su familia venía de la toma de la Victoria. La toma más grande, más respetada. Sin duda desde ahí heredó ese pensamiento, que no alcancé a conocer tanto, pero que después de los hechos supe que tenía. El chico pelvis creía en la revolución, en la solidaridad y la autoconciencia como una alternativa a la represión y el terrorismo de Estado.
Creía en la hermandad, era humilde y generoso, y eso se notó cuando a su velorio llegaron, el primer día, más de 500 personas. El segundo día, hoy, habían por lo menos otras 200.
Hubieron varias versiones. La noche de sábado del 24 de septiembre, el chico pelvis andaba con su barra brava y dicen que se armó una pelea. Dicen que él fue a separar, dicen que andaba metido, no se sabe. Lo que se sabe es que entre la locura había alguien que había salido hace poco de la cana y quería ajustar cuentas con el chico pelvis. Bastaron dos balas para que el llamado sombrío de sábado por la noche le cambiara la vida a mi vecina y tuviera que partir a la morgue con la familia de Carlos a reconocer su cuerpo.
El velorio se hizo en su casa de la Pintana. Con mis vecinos lo fuimos a despedir para acompañar a nuestra vecina, y porque el chico pelvis lo merecía. Allá le tenían cerrado un pasaje entero donde estaban todos sus compañeros de la garra blanca, que también aprovecharon de decorar con banderas y lienzos del Colo, hacer una parrillada, y convertir la calle en carnaval con sus cantos y memoria.
La casa era humilde, y estaba repleta de gente que traía recuerdos, flores y ofrendas al ataúd donde descansaba el chico pelvis. Con una cara sonriente que nunca le había visto a un difunto, quizás por las ofrendas que acompañaban su ataúd (de las que recuerdo: botellas de cerveza, dulces, cigarros y casquillos de bala), quizás porque combinaba la muerte con una polera del Colo. Habían algunas fotos de su juventud en las que se parecía mucho a Elvis Presley, a quien imitaba cuando chico. Así me enteré de la razón de su apodo. Ahí también supe que en su vida había bailado breakdance, participado en bandas de punk rock y entre tanto jaleo, se hizo amigo del cantante de los Fiskales Ad hoc, que llegaron a tocar a su velorio, por la memoria y el cariño.
La calle era locura, cada tanto nos envolvía una neblina blanca de extintores reventados. Cada tanto de entre la multitud salían fuegos artificiales y bengalas.
Cada tanto, alguno de sus leales apuntaba un arma al cielo y disparaba hasta vaciarla. Escopetas y pistolas que prometían vengar la vida arrebatada del Chico pelvis, que sellaban la promesa con tiros al vacío y se acompañaban de cantos que prometían además no olvidar al garrero que había caído.
Así nos quedamos, observando, hasta que salieron algunas bandas de punk. Muy queridos del chico pelvis que venían a despedirlo. Ahí, el que era uno de sus mejores amigos aprovechó para recordarlo como un libertario convencido de que la policía no era necesaria si tenemos solidaridad.
Y entre el jolgorio de la despedida se veía cada tanto la viuda, cuyo llanto de dolor otrora nos despertó a todos en la casa, hoy tenía una sonrisa de agradecimiento, de compañía.
Cosas impagables, indescriptibles. La muerte y su talento para hacer converger la venganza y el carnaval, en una despedida masiva, de barra, libertaria a su manera, inolvidable. De un Chile marginal y escondido que con armas de fuego y un rastro grueso de sangre soluciona sus problemas cuando se rompe algún código de honor, cuando se llevan a uno de los tuyos.
Descansa chico pelvis, me alegra que tu despedida haya sido un carnaval, me dijeron que tu vida entera lo fue.
También era narco, y cada vez que llegaba a Prat (en distintos autos que iba cambiando periódicamente) organizaba un asado. Los porros, la cerveza y el jale corrían por su cuenta. Y vaya que corrían.
Conversamos una sola vez. Cuando supo que estudio sociología sentí que me tuvo cariño. "La socióloga" me dijo el resto de la tertulia. Me contó que su familia venía de la toma de la Victoria. La toma más grande, más respetada. Sin duda desde ahí heredó ese pensamiento, que no alcancé a conocer tanto, pero que después de los hechos supe que tenía. El chico pelvis creía en la revolución, en la solidaridad y la autoconciencia como una alternativa a la represión y el terrorismo de Estado.
Creía en la hermandad, era humilde y generoso, y eso se notó cuando a su velorio llegaron, el primer día, más de 500 personas. El segundo día, hoy, habían por lo menos otras 200.
Hubieron varias versiones. La noche de sábado del 24 de septiembre, el chico pelvis andaba con su barra brava y dicen que se armó una pelea. Dicen que él fue a separar, dicen que andaba metido, no se sabe. Lo que se sabe es que entre la locura había alguien que había salido hace poco de la cana y quería ajustar cuentas con el chico pelvis. Bastaron dos balas para que el llamado sombrío de sábado por la noche le cambiara la vida a mi vecina y tuviera que partir a la morgue con la familia de Carlos a reconocer su cuerpo.
El velorio se hizo en su casa de la Pintana. Con mis vecinos lo fuimos a despedir para acompañar a nuestra vecina, y porque el chico pelvis lo merecía. Allá le tenían cerrado un pasaje entero donde estaban todos sus compañeros de la garra blanca, que también aprovecharon de decorar con banderas y lienzos del Colo, hacer una parrillada, y convertir la calle en carnaval con sus cantos y memoria.
La casa era humilde, y estaba repleta de gente que traía recuerdos, flores y ofrendas al ataúd donde descansaba el chico pelvis. Con una cara sonriente que nunca le había visto a un difunto, quizás por las ofrendas que acompañaban su ataúd (de las que recuerdo: botellas de cerveza, dulces, cigarros y casquillos de bala), quizás porque combinaba la muerte con una polera del Colo. Habían algunas fotos de su juventud en las que se parecía mucho a Elvis Presley, a quien imitaba cuando chico. Así me enteré de la razón de su apodo. Ahí también supe que en su vida había bailado breakdance, participado en bandas de punk rock y entre tanto jaleo, se hizo amigo del cantante de los Fiskales Ad hoc, que llegaron a tocar a su velorio, por la memoria y el cariño.
La calle era locura, cada tanto nos envolvía una neblina blanca de extintores reventados. Cada tanto de entre la multitud salían fuegos artificiales y bengalas.
Cada tanto, alguno de sus leales apuntaba un arma al cielo y disparaba hasta vaciarla. Escopetas y pistolas que prometían vengar la vida arrebatada del Chico pelvis, que sellaban la promesa con tiros al vacío y se acompañaban de cantos que prometían además no olvidar al garrero que había caído.
Así nos quedamos, observando, hasta que salieron algunas bandas de punk. Muy queridos del chico pelvis que venían a despedirlo. Ahí, el que era uno de sus mejores amigos aprovechó para recordarlo como un libertario convencido de que la policía no era necesaria si tenemos solidaridad.
Y entre el jolgorio de la despedida se veía cada tanto la viuda, cuyo llanto de dolor otrora nos despertó a todos en la casa, hoy tenía una sonrisa de agradecimiento, de compañía.
Cosas impagables, indescriptibles. La muerte y su talento para hacer converger la venganza y el carnaval, en una despedida masiva, de barra, libertaria a su manera, inolvidable. De un Chile marginal y escondido que con armas de fuego y un rastro grueso de sangre soluciona sus problemas cuando se rompe algún código de honor, cuando se llevan a uno de los tuyos.
Descansa chico pelvis, me alegra que tu despedida haya sido un carnaval, me dijeron que tu vida entera lo fue.
viernes, 19 de febrero de 2016
Queda poco
La despedida nunca fue tal. Yo te tiro, tu a mi.
Seguimos conversando, volvimos a acostarnos.
Me fui dos semanas de voluntariado, entre otras cosas, para poder despegarme de ti. Resultó en que nos mandamos audios y conversamos todos los días. Resultó en que cuando llegué, me recibiste con un abrazo y chumbeques. Harta conversación.
Pasamos un sinsabor porque ya no querías que pasara nada entre los dos, yo si, yo siempre. No nos hablamos, nos volvimos a hablar. Porque yo te tiro, tu a mi.
Y estuvo la noche anterior.
Ayer me invitaste a ver un entrenamiento de rugby. Íbamos a ir de fiesta después y el panorama no funcionó, te fuiste solo.
Pero las circunstancias nos unen y nos mezclan siempre.
En la noche te dejaste caer en mi cariño, me entregaste lo mejor de ti, te quedaste en mi pieza estrechándome entre tus brazos.
- Te voy a extrañar ¿te vas a acordar de mi de vez en cuando?
- Aunque veas como me hago el gueón, lo cierto es que eres una mujer que no voy a poder olvidar fácilmente. Me gusta hacer de todo contigo. Eres buena, de verdad, de esas mujeres con las que me casaría y viviría la vida. Espero que encuentres a un hombre que te merezca, que valga la pena.
Me abrazaste fuerte y no paraste de maldecir a la vida en un buen rato. Yo no podía hablar, tenía un nudo en la garganta y lágrimas a punto de salirme de los ojos. Pero te entiendo, yo no dejaría mis proyectos de vida por un romance de un mes, por muy intenso que sea lo que tenemos.
Anoche nos disfrutamos como nunca. Quedan 3 días para separarnos. Las energías de mi alma y corazón están destruidas y confusas.
Seguimos conversando, volvimos a acostarnos.
Me fui dos semanas de voluntariado, entre otras cosas, para poder despegarme de ti. Resultó en que nos mandamos audios y conversamos todos los días. Resultó en que cuando llegué, me recibiste con un abrazo y chumbeques. Harta conversación.
Pasamos un sinsabor porque ya no querías que pasara nada entre los dos, yo si, yo siempre. No nos hablamos, nos volvimos a hablar. Porque yo te tiro, tu a mi.
Y estuvo la noche anterior.
Ayer me invitaste a ver un entrenamiento de rugby. Íbamos a ir de fiesta después y el panorama no funcionó, te fuiste solo.
Pero las circunstancias nos unen y nos mezclan siempre.
En la noche te dejaste caer en mi cariño, me entregaste lo mejor de ti, te quedaste en mi pieza estrechándome entre tus brazos.
- Te voy a extrañar ¿te vas a acordar de mi de vez en cuando?
- Aunque veas como me hago el gueón, lo cierto es que eres una mujer que no voy a poder olvidar fácilmente. Me gusta hacer de todo contigo. Eres buena, de verdad, de esas mujeres con las que me casaría y viviría la vida. Espero que encuentres a un hombre que te merezca, que valga la pena.
Me abrazaste fuerte y no paraste de maldecir a la vida en un buen rato. Yo no podía hablar, tenía un nudo en la garganta y lágrimas a punto de salirme de los ojos. Pero te entiendo, yo no dejaría mis proyectos de vida por un romance de un mes, por muy intenso que sea lo que tenemos.
Anoche nos disfrutamos como nunca. Quedan 3 días para separarnos. Las energías de mi alma y corazón están destruidas y confusas.
martes, 26 de enero de 2016
Nos acabamos
Llegaste a mi pieza a decirme lo mismo que yo quería decirte a ti. Que ya no podemos más, que no servimos para esto.
Nos miramos un rato, tienes una mirada cargada de emociones, de belleza. Partiste hablando de Janis Joplin, que es lo que sonaba en mi computador. Terminaste solo el tema porque yo te miraba esperando que me dijeras lo inevitable.
Tienes demasiada culpa, no puedes seguir. Te gusto, crees que soy buena, la pasas muy bien conmigo porque soy interesante. Pero tienes demasiada culpa por lo que estás haciendo.
Lo comprendo, te juro que lo comprendo, porque yo soy igual.
Sé que te gusto, y tu también me gustas mucho - te dije - pero no quiero seguir con esto. Yo sirvo solo para entregarme completa e intensamente a las relaciones en las que me envuelvo, sean amigos, familiares, o lo que ambos alcanzamos a ser.
Solo fue una semana por dios, solo una semana.
Tampoco quería seguir porque sentía su culpa, sus ganas de no seguir. Yo no sirvo para medias tintas ni para migajas. No sirvo para eso, no puedo ser la otra porque no es mi forma de ser.
Tu lo entiendes, te gusta que sea así, te gusto por muchas cosas. Pero no tiene sentido que sigamos en este juego. Me lo dijiste desde un principio. Así es, me lo dijiste.
Gracias por la dulzura y la sensibilidad. Te diste cuenta que no soy una mujer que se entregue tan fácilmente a cualquiera, que lo nuestro era especial, y por ello no quieres que nos hagamos daño.
Está bien, lo agradezco. Gracias por querer hablar de esto y no dejarlo así no más.
Gracias huachito, porque hace tiempo que no sentía que me gustaba alguien de forma tan intensa como me has estado empezando a gustar tu, Alonso.
Fue un placer, un gran gusto - te dije.
Hablas como si fuera para siempre - me dijiste.
Me diste un abrazo tibio, te fuiste de mi pieza y se me cayeron las lágrimas, no había vuelto a llorar por un hombre desde la última vez que me había enamorado.
Que suerte, y que triste, que lo nuestro haya durado solo una semana. Adiós.
Nos miramos un rato, tienes una mirada cargada de emociones, de belleza. Partiste hablando de Janis Joplin, que es lo que sonaba en mi computador. Terminaste solo el tema porque yo te miraba esperando que me dijeras lo inevitable.
Tienes demasiada culpa, no puedes seguir. Te gusto, crees que soy buena, la pasas muy bien conmigo porque soy interesante. Pero tienes demasiada culpa por lo que estás haciendo.
Lo comprendo, te juro que lo comprendo, porque yo soy igual.
Sé que te gusto, y tu también me gustas mucho - te dije - pero no quiero seguir con esto. Yo sirvo solo para entregarme completa e intensamente a las relaciones en las que me envuelvo, sean amigos, familiares, o lo que ambos alcanzamos a ser.
Solo fue una semana por dios, solo una semana.
Tampoco quería seguir porque sentía su culpa, sus ganas de no seguir. Yo no sirvo para medias tintas ni para migajas. No sirvo para eso, no puedo ser la otra porque no es mi forma de ser.
Tu lo entiendes, te gusta que sea así, te gusto por muchas cosas. Pero no tiene sentido que sigamos en este juego. Me lo dijiste desde un principio. Así es, me lo dijiste.
Gracias por la dulzura y la sensibilidad. Te diste cuenta que no soy una mujer que se entregue tan fácilmente a cualquiera, que lo nuestro era especial, y por ello no quieres que nos hagamos daño.
Está bien, lo agradezco. Gracias por querer hablar de esto y no dejarlo así no más.
Gracias huachito, porque hace tiempo que no sentía que me gustaba alguien de forma tan intensa como me has estado empezando a gustar tu, Alonso.
Fue un placer, un gran gusto - te dije.
Hablas como si fuera para siempre - me dijiste.
Me diste un abrazo tibio, te fuiste de mi pieza y se me cayeron las lágrimas, no había vuelto a llorar por un hombre desde la última vez que me había enamorado.
Que suerte, y que triste, que lo nuestro haya durado solo una semana. Adiós.
lunes, 25 de enero de 2016
Exilio
A Raúl Gustavo Aguirre
Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.
¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas
aunque fuere con sonrisas?
Siniestro delirio amar una sombre.
La sombra no muere.
Y mi amor sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.
Alejandra Pizarnik
Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.
¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas
aunque fuere con sonrisas?
Siniestro delirio amar una sombre.
La sombra no muere.
Y mi amor sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.
Alejandra Pizarnik
sábado, 23 de enero de 2016
Sigo siendo palabras adornadas de realidad
La soledad de estos meses en un principio fue un trago amargo, a veces insípido, que me volvió frígida.
Llegó el verano y las vacaciones, y esta casa centenaria me llenó con guiños de colores. Entonces esta Perséfone se sumergió en las tinieblas, donde encontró a un Hades de varias facetas.
Hoy miro a esta Perséfone, volvió Narcisa, volví yo. Llena de risas y disfrutando como nunca de las personas, de las caricias que vengan de manos bien intencionadas, llenándome de planes y deseos para mi vida.
Hoy volví a leer poesía luego de mucho tiempo, he leído de esa poesía de los que están enamorados del amor y del socialismo, la poesía siempre es un buen indicador de intensidad. De que las pasiones que me mueven se despertaron y guían mis pasos.
También me he lanzado a escribir desde hace un tiempo, y siento como fluyen de mis dedos palabras que me gustan. Yo sé que de a poco, poquito, la poesía comenzará a brotar otra vez, quizás algún buen cuento.
Por mientras, seguiré en esta buena terapia de amor y vida. Mucha vida.
miércoles, 20 de enero de 2016
AAG
Entre los vaivenes de una noche de juerga en Prat fui a caer en los brazos de un hombre, apenas 3 años mayor que yo, pero muy grande de adentro. De aquellos de los que te enamoras perdidamnete, de los que te casas si te piden matrimonio, aún teniendo 20 años juro por dios que le diría que si, si él me lo pidiera.
Pero él ya tiene con quien compartir los días de su vida.
Por eso, quizás él no sea tan tan grande de adentro, o quizás si, y hace las mismas cosas que yo, contradecirse con los principios que jurabas inquebrantables.
¡Jamás me metería en una relación ajena!
¿Irías a ser ciego que Dios te dio esas manos?
Así me descubrió, con ganas de un polvo cualquiera, uno más de los tantos de esta casa, de un carrete. Descubrimos que gozábamos de lo mismo, y lo hice disfrutar de placer como él a mi, tanto que no recordaba la última vez que lo había pasado así. Y si tan solo hubiese sido eso ni si quiera habría llegado a este punto, porque luego del polvo vino una noche durmiendo abrazados, con su cuerpo tibio y su pierna sobre las mías, con su respiración tranquila, los vellos de su pecho rozando mis pechos. Y si tan solo hubiese sido eso ni si quiera habría llegado a este punto, porque vino una mañana de sonrisas y una noche más compartiendonos, conversandonos, descubriendo lo parecidos que somos, la química entre los dos. Vinieron más encuentros, más risas.
Pero se va. Se va a Brasil a estudiar por muchos meses, a Brasil donde su novia guapa y negra, brasilera, con quien ahora se mantiene a distancia. Y yo soy la otra, alguien que siempre dije que no sería.
Te pregunto otra vez
¿Irías a ser mudo que Dios te dio esos ojos?
Esta noche llegó de golpe, me dejaste con ganas de ti y te fuiste a dormir. Yo me sentí mal sin derecho a sentirlo. Con el derecho inexistente de una amante cualquiera. Que empezó a enamorarse y debe cortar todo lo antes ANTES posible.
Si tan solo hubiesen sido caricias sin cariño habría sido todo distinto. Pero ellas traían besos en la frente de un magallánico, jugador de rugby, ampliamente experimentado. Traían noches abrazada a un hombre dulce, que disfruta conversar tanto como yo, que le gusta bailar como a mi.
De un hombre comprometido, con culpas, que me advirtió que alguno de los dos se iba a enamorar del otro, por lo bien que nos llevamos. Que desde el principio dijo que se iría lejos.
A pasado todo tan rápido. Vivir intensamente siempre es un arma de doble filo.
Pero él ya tiene con quien compartir los días de su vida.
Por eso, quizás él no sea tan tan grande de adentro, o quizás si, y hace las mismas cosas que yo, contradecirse con los principios que jurabas inquebrantables.
¡Jamás me metería en una relación ajena!
¿Irías a ser ciego que Dios te dio esas manos?
Así me descubrió, con ganas de un polvo cualquiera, uno más de los tantos de esta casa, de un carrete. Descubrimos que gozábamos de lo mismo, y lo hice disfrutar de placer como él a mi, tanto que no recordaba la última vez que lo había pasado así. Y si tan solo hubiese sido eso ni si quiera habría llegado a este punto, porque luego del polvo vino una noche durmiendo abrazados, con su cuerpo tibio y su pierna sobre las mías, con su respiración tranquila, los vellos de su pecho rozando mis pechos. Y si tan solo hubiese sido eso ni si quiera habría llegado a este punto, porque vino una mañana de sonrisas y una noche más compartiendonos, conversandonos, descubriendo lo parecidos que somos, la química entre los dos. Vinieron más encuentros, más risas.
Pero se va. Se va a Brasil a estudiar por muchos meses, a Brasil donde su novia guapa y negra, brasilera, con quien ahora se mantiene a distancia. Y yo soy la otra, alguien que siempre dije que no sería.
Te pregunto otra vez
¿Irías a ser mudo que Dios te dio esos ojos?
Esta noche llegó de golpe, me dejaste con ganas de ti y te fuiste a dormir. Yo me sentí mal sin derecho a sentirlo. Con el derecho inexistente de una amante cualquiera. Que empezó a enamorarse y debe cortar todo lo antes ANTES posible.
Si tan solo hubiesen sido caricias sin cariño habría sido todo distinto. Pero ellas traían besos en la frente de un magallánico, jugador de rugby, ampliamente experimentado. Traían noches abrazada a un hombre dulce, que disfruta conversar tanto como yo, que le gusta bailar como a mi.
De un hombre comprometido, con culpas, que me advirtió que alguno de los dos se iba a enamorar del otro, por lo bien que nos llevamos. Que desde el principio dijo que se iría lejos.
A pasado todo tan rápido. Vivir intensamente siempre es un arma de doble filo.
viernes, 15 de enero de 2016
2016
Entre nuevos sentires y experiencias partí este año envuelta en una vorágine. Cosas que no creí que llegaría a experimentar a esta edad, en este momento de mi vida.
Estoy en el mejor momento que he vivido.
Probé las caricias de un joven y musculoso extranjero, de un hombre 15 años mayor que yo, de uno con ascendencia turca que trata de impresionar a todos (sin mucho material), casi a otro con que conversamos mucho.
Partí mi año en el techo de una casa centenaria mirando fuegos artificiales por donde volaran en Santiago, me envolví en el frenesí de la cocaína, entre las caricias de la marihuana cada día de este nuevo año Rodeada de gente que me hace reír y hago reír, disfrutando como nunca.
He vivido intensa, intensamente.
Y bien. En mi mejor momento.
Catalina.
Estoy en el mejor momento que he vivido.
Probé las caricias de un joven y musculoso extranjero, de un hombre 15 años mayor que yo, de uno con ascendencia turca que trata de impresionar a todos (sin mucho material), casi a otro con que conversamos mucho.
Partí mi año en el techo de una casa centenaria mirando fuegos artificiales por donde volaran en Santiago, me envolví en el frenesí de la cocaína, entre las caricias de la marihuana cada día de este nuevo año Rodeada de gente que me hace reír y hago reír, disfrutando como nunca.
He vivido intensa, intensamente.
Y bien. En mi mejor momento.
Catalina.
sábado, 2 de enero de 2016
La despedida
https://www.youtube.com/watch?v=UOvk_4i_8hM
Llegué el 31 de diciembre a casa a pasarla con mis vecinos. Me duché, perfumé, y me embutí en el vestidito negro corto que mejor me hace ver las piernas. Fue a propósito. Porque en esta casa me estoy perdiendo entre caricias descariñadas pero intensas. Estaba ordenando la pieza, él apareció en el pasillo y me quedó mirando. Sonaba el disco Clandestino de Manu Chao.
No lo quiero en lo absoluto, solo caemos de vez en cuando en juegos de seducción, miradas y roces entre los pasillos. A veces me invita a su pieza a querernos sin amor. Esta vez estaba parado en la puerta de la mía mirándome descaradamente las piernas con una media sonrisa dibujada en los labios. Yo por mi parte, lo estaba disfrutando.
Ya estoy curado, anestesiado, ya me he olvidado de ti
Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz
Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño
Hoy te he borrado de mi paciencia, hoy fui capaz.
Ven. Fui. Me tocó los muslos y subió las manos de a poco, mi trasero, mis caderas. Nos besamos. Sentí como me iba mojando de apoco.
¿Una cortita?
Psicopedagogo. Tiene 35 años y el pelo verde. Vende marihuana y jala cocaína (como todos aquí). Tomamos cerveza y fumamos cigarrillos casi todos los días con los demás vecinos. Hace unos días me invitó a tirarnos un ácido en el Parque O'higgins, probablemente vayamos este mes. Se ríe siempre con una risa estruendosa y sabe cocinar bien. Tiene tantos tatuajes en la piel como mujeres en el cuerpo. Se mimetiza con la bohemia de esta casa, al igual como yo me voy mimetizando de apoco.
Desde aquel día en que te fuiste yo no sabía que hacer de ti
Ya están domados mis sentimientos, mejor así.
Le tomé la mano y lo metí a mi pieza. Cerró la puerta tras de si. Entre besos y risas fuimos hasta mi cama. Con unos besos en el cuello me sacó la ropa interior y sus pantalones. Me quedé abajo. Tiene los brazos fuertes. Esta fue la tercera vez que lo hicimos, en una sola semana.
Hoy me he burlado de la tristeza
Hoy me he librado de tu recuerdo
Ya no te extraño, ya me he arrancado
Ya estoy en paz.
Me penetró a buen ritmo. A veces me apretaba el cuello y me hacía retorcerme de placer. A veces me apretaba los pechos. Siempre mirándome a los ojos, de principio a fin. Al terminar nos reímos, nos vestimos y volvimos a hacer como si no pasara nada más que sana camaradería entre los dos.
El año 2015 comenzó a acabarse entre vaivenes confusos, extraños, mareadores. Siempre placenteros.
Llegué el 31 de diciembre a casa a pasarla con mis vecinos. Me duché, perfumé, y me embutí en el vestidito negro corto que mejor me hace ver las piernas. Fue a propósito. Porque en esta casa me estoy perdiendo entre caricias descariñadas pero intensas. Estaba ordenando la pieza, él apareció en el pasillo y me quedó mirando. Sonaba el disco Clandestino de Manu Chao.
No lo quiero en lo absoluto, solo caemos de vez en cuando en juegos de seducción, miradas y roces entre los pasillos. A veces me invita a su pieza a querernos sin amor. Esta vez estaba parado en la puerta de la mía mirándome descaradamente las piernas con una media sonrisa dibujada en los labios. Yo por mi parte, lo estaba disfrutando.
Ya estoy curado, anestesiado, ya me he olvidado de ti
Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz
Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño
Hoy te he borrado de mi paciencia, hoy fui capaz.
Ven. Fui. Me tocó los muslos y subió las manos de a poco, mi trasero, mis caderas. Nos besamos. Sentí como me iba mojando de apoco.
¿Una cortita?
Psicopedagogo. Tiene 35 años y el pelo verde. Vende marihuana y jala cocaína (como todos aquí). Tomamos cerveza y fumamos cigarrillos casi todos los días con los demás vecinos. Hace unos días me invitó a tirarnos un ácido en el Parque O'higgins, probablemente vayamos este mes. Se ríe siempre con una risa estruendosa y sabe cocinar bien. Tiene tantos tatuajes en la piel como mujeres en el cuerpo. Se mimetiza con la bohemia de esta casa, al igual como yo me voy mimetizando de apoco.
Desde aquel día en que te fuiste yo no sabía que hacer de ti
Ya están domados mis sentimientos, mejor así.
Le tomé la mano y lo metí a mi pieza. Cerró la puerta tras de si. Entre besos y risas fuimos hasta mi cama. Con unos besos en el cuello me sacó la ropa interior y sus pantalones. Me quedé abajo. Tiene los brazos fuertes. Esta fue la tercera vez que lo hicimos, en una sola semana.
Hoy me he burlado de la tristeza
Hoy me he librado de tu recuerdo
Ya no te extraño, ya me he arrancado
Ya estoy en paz.
Me penetró a buen ritmo. A veces me apretaba el cuello y me hacía retorcerme de placer. A veces me apretaba los pechos. Siempre mirándome a los ojos, de principio a fin. Al terminar nos reímos, nos vestimos y volvimos a hacer como si no pasara nada más que sana camaradería entre los dos.
El año 2015 comenzó a acabarse entre vaivenes confusos, extraños, mareadores. Siempre placenteros.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)