Volver a Las Cruces siempre es un viaje de vuelta a la infancia. Las casas grandes frente a la playa grande y la chica (La playa de la vírgen y la playa de las cadenas, como las conozco yo). Los taxis amarillos, las micros a toda velocidad por las colinas del litoral central. La tranquilidad de pueblito antiguo, los restos de poesía que se encuentran en las paredes del centro.
Esta vez quise volver a la casa que tenían mis bisabuelos. Hace 15 años más o menos que no volvía, porque fue vendida abruptamente cuando los viejitos partieron. Me arranqué un rato de mis amigos y partí guiada por los recuerdos. Sabía que había que subir las escaleras que están en un costado de la playa chica y en la cabeza tenía imágenes varias del camino a la casita, de esas que una guarda cuando tienes 5 o 6 años, pero que bien podrían haber sido sueños mezclados de tanto paisaje imaginado.
También sabía que tenía que llegar a la esquina de Violeta Parra con Calle 10, porque ahí estaba la casa del tatai y la mamita. Me detuve en un lugar y pregunté, me confirmaron que era por donde yo creía, y con el corazón a mil caminé hacia esa dirección. El camino era el mismo: calle sin pavimento, casas pequeñitas de madera, uno que otro perrito playero, de esos que te hacen sentir la mejor persona de mundo por la forma de mover la cola. Quizás faltaban algunos árboles, quizás un par de casas habrán cambiado su color, y en otras habrán plantado más (o menos) hortensias, cardenales, rayitos de sol, y todas esas flores de la costa. Quizás faltaba algún negocio, o abrieron otro. Pero el camino seguía siendo, prácticamente, el mismo.
Y la casa también era casi la misma. Solo que más chica, mucho más que 17 años atrás, cuando la Catita de 4 años se escapaba por un hoyo en la pandereta y se iba a jugar media cuadra más arriba, a la plaza que el tatai mantenía en esos tiempos.
La casa ahora era de color rojo descascarado, distinta a la impecable pintura amarilla y azul que mantenían en esos años. También faltaban los cardenales en el patio hermoso. Faltaban los perritos de esos años (en especial el Guapi y el Kayser) ahora quizás en qué cielo, y faltaba la madera en el patio de atrás para encender la salamandra. Faltaba el auto de mi mamá estacionado afuera, la música de carabineros que el tatai ponía mientras amasaba pan con chicharrones, y la infaltable cerveza Escudo heladita (De dónde más iba a salir yo así??).
En realidad, la casa no era tan la misma. Le faltaba harto cariño, con la pandereta media rota y el patio abandonado, sin ropa en los tendederos, sin los muebles a medio inventar del abuelito ¿Qué es la casa sin la casa? Sin el festival de viña en la noche con mi mamá y mis tías, o Chica Da Silva, cuando a mi me mandaban a dormir (pero escuchaba desde mi cama e intentaba imaginarme lo que ocurría). La casa no es mucho sin la casa, pero su presencia - ahora diminuta, porque nunca te das cuenta cuando creces - estremece el alma. La casa sigue con todos los recuerdos que esperan ser rescatados, sigue llena de energías que te tiran de memoria el corazón y te hacen llegar sin recordar el camino.
Al frente de la casa había una colina, que en nuestros tiempos tenía un bosque de eucaliptos donde colgábamos un neumático y nos columpiábamos tardes enteras con mis primos y los amiguitos de la playa cuyos nombres no recuerdo. Ahora el bosque ya no está (como casi todos los bosques) y la colina tenía una cerca porque ahora habían otras casas (como suele suceder). Tampoco estaba ya la plaza que mi tatai se encargaba de cuidar, la plaza llena de cardenales y rayitos de sol que él regaba, con juegos de madera, columpios y resfalines. La plaza que era grande y ahora también se volvió pequeñita como la casa, llena de malezas y sin ningún juego, arrasada por el huracán del olvido.
Cuando tuve suficiente de recuerdos tomé el camino de vuelta a la playa chica. A cada paso el revoltijo de la guata y el corazón tenía distintos matices. Sería fácil decir que todo se trató de tristezas por la casa y la plaza abandonadas, por el bosque cortado y los perritos que no están, pero creo que todo se trató más de alegrías. Alegría porque sabía llegar luego de todos los años transcurridos, alegría por volver (aunque sea por fuera) a la casa de cariño interminable, cargada de recuerdos de veranos de niñez, personas amadas que ya no están, navidades en familia, juegos con los primos, picaduras de zancudos y arena por todas partes. Alegrías porque espero, algún día, esa casa vuelva a ser la que era.
Las Cruces y su eterno resplandor, de pueblito lleno de historia pero inmutable en el tiempo. De calles tranquilas y rincones alucinantes, como la Caleta cerca de la casa de Nicanor, lugares evocados en mis sueños y reencontrados gracias a un viaje muy especial, con gente muy querida. Gracias totales.
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