Entre los vaivenes de una noche de juerga en Prat fui a caer en los brazos de un hombre, apenas 3 años mayor que yo, pero muy grande de adentro. De aquellos de los que te enamoras perdidamnete, de los que te casas si te piden matrimonio, aún teniendo 20 años juro por dios que le diría que si, si él me lo pidiera.
Pero él ya tiene con quien compartir los días de su vida.
Por eso, quizás él no sea tan tan grande de adentro, o quizás si, y hace las mismas cosas que yo, contradecirse con los principios que jurabas inquebrantables.
¡Jamás me metería en una relación ajena!
¿Irías a ser ciego que Dios te dio esas manos?
Así me descubrió, con ganas de un polvo cualquiera, uno más de los tantos de esta casa, de un carrete. Descubrimos que gozábamos de lo mismo, y lo hice disfrutar de placer como él a mi, tanto que no recordaba la última vez que lo había pasado así. Y si tan solo hubiese sido eso ni si quiera habría llegado a este punto, porque luego del polvo vino una noche durmiendo abrazados, con su cuerpo tibio y su pierna sobre las mías, con su respiración tranquila, los vellos de su pecho rozando mis pechos. Y si tan solo hubiese sido eso ni si quiera habría llegado a este punto, porque vino una mañana de sonrisas y una noche más compartiendonos, conversandonos, descubriendo lo parecidos que somos, la química entre los dos. Vinieron más encuentros, más risas.
Pero se va. Se va a Brasil a estudiar por muchos meses, a Brasil donde su novia guapa y negra, brasilera, con quien ahora se mantiene a distancia. Y yo soy la otra, alguien que siempre dije que no sería.
Te pregunto otra vez
¿Irías a ser mudo que Dios te dio esos ojos?
Esta noche llegó de golpe, me dejaste con ganas de ti y te fuiste a dormir. Yo me sentí mal sin derecho a sentirlo. Con el derecho inexistente de una amante cualquiera. Que empezó a enamorarse y debe cortar todo lo antes ANTES posible.
Si tan solo hubiesen sido caricias sin cariño habría sido todo distinto. Pero ellas traían besos en la frente de un magallánico, jugador de rugby, ampliamente experimentado. Traían noches abrazada a un hombre dulce, que disfruta conversar tanto como yo, que le gusta bailar como a mi.
De un hombre comprometido, con culpas, que me advirtió que alguno de los dos se iba a enamorar del otro, por lo bien que nos llevamos. Que desde el principio dijo que se iría lejos.
A pasado todo tan rápido. Vivir intensamente siempre es un arma de doble filo.
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