Yo tenía una compañera de esas como personas entrañables.
Respondía al nombre de Jacinta. Con ella salía a caminar tardes enteras por las
calles cerca de mi casa y nos conversábamos la vida tranquilamente año tras año
de su vida y la mía, a veces la invitaba a dormir a mi pieza y eran sus ojitos
tiernos lo primero que veía por la mañana. Entonces me sentía muy feliz, sentía
que tenía a alguien y me di cuenta de cómo ella fue capaz de domesticarme.
La Jacinta partió en busca de nuevos cielos desde los que
mandarme poesía en gotitas de lágrimas desde las nubes, eso hace unos días, y a
mí no me cabe duda de que los animales si sienten y aman y confían y presienten
la proximidad de la muerte cuando llega en forma de catrina inmaculada.
Ahora – de las pocas veces que salgo al patio desde que
perdí los motivos para hacerlo – siento una puñalada en el pecho cuando veo que
ya no está en su casita y que el platito de comida ya no está lleno, pues
simplemente ya no está. No está ya tampoco mi Jacinta con su alegría ni sus
ganas de salir a pasear, ni sus ojos luminosos ni su colita que nunca dejaba de
moverse en cuanto me divisaba a la distancia. Ahora, aquí recluida como me
quedé en la tierra hostil como se volvió sin ella, espero que el universo en su
conjunto sea mucho más acogedor de lo que fue la enfermedad ingrata que la
aquejó los últimos meses. Y espero con mi alma, que me recuerde donde sea que
ande moviendo la colita, porque yo a mi perrita no la puedo olvidar. Y la amo
más allá (mucho más allá) de la muerte.
Catalina
(Me obligo a resignarme)
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