- Gabriel García Márquez

viernes, 11 de octubre de 2013

Jacinta

Yo tenía una compañera de esas como personas entrañables. Respondía al nombre de Jacinta. Con ella salía a caminar tardes enteras por las calles cerca de mi casa y nos conversábamos la vida tranquilamente año tras año de su vida y la mía, a veces la invitaba a dormir a mi pieza y eran sus ojitos tiernos lo primero que veía por la mañana. Entonces me sentía muy feliz, sentía que tenía a alguien y me di cuenta de cómo ella fue capaz de domesticarme.
La Jacinta partió en busca de nuevos cielos desde los que mandarme poesía en gotitas de lágrimas desde las nubes, eso hace unos días, y a mí no me cabe duda de que los animales si sienten y aman y confían y presienten la proximidad de la muerte cuando llega en forma de catrina inmaculada.

Ahora – de las pocas veces que salgo al patio desde que perdí los motivos para hacerlo – siento una puñalada en el pecho cuando veo que ya no está en su casita y que el platito de comida ya no está lleno, pues simplemente ya no está. No está ya tampoco mi Jacinta con su alegría ni sus ganas de salir a pasear, ni sus ojos luminosos ni su colita que nunca dejaba de moverse en cuanto me divisaba a la distancia. Ahora, aquí recluida como me quedé en la tierra hostil como se volvió sin ella, espero que el universo en su conjunto sea mucho más acogedor de lo que fue la enfermedad ingrata que la aquejó los últimos meses. Y espero con mi alma, que me recuerde donde sea que ande moviendo la colita, porque yo a mi perrita no la puedo olvidar. Y la amo más allá (mucho más allá) de la muerte.

Catalina
(Me obligo a resignarme)

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