- Gabriel García Márquez

sábado, 23 de junio de 2012

Camino


Yo la veía todos los días.

El paso duro de los años y el frío iba impreso en su piel, arrugada y enjuta, y en sus ojos pequeños que apenas se vislumbraban entre sus años, llevaba el cansancio, unas cataratas producto del tiempo y una expresión de resignación. Llevaba siempre el pelo cano hecho tomate atrás de su cabeza y su cuerpo débil la mayor parte del tiempo pasaba encogido y escondido tras capas y capas de ropa. Jamás la vi con pantalones, siempre llevaba las mismas faldas, el mismo par de zapatos.

La veía todos los días de vuelta del colegio, ocupaba un espacio ínfimo de la vereda con sus confites, y sentada en un banquillo esperaba a que alguien le comprara. Siempre pensé en comprarle algo, nunca lo hice. Pero siempre la veía, y muchas veces me vio a mi.

Un día ya no la vi y me pareció extraño. Y después, en su lugar, habían globos blancos colgados y en esa esquina ínfima, el espacio en donde por años la vi, habían flores y uno que otro remolino triste. Pero no pregunté nada, di por asumido al instante que había sucedido. Fue a fines del año pasado.

No sé que tanto más puedo decir. Un día, pasé y le dejé una rosa blanca que compré especialmente para ella y le deseé que tuviera un buen viaje. Buenas noches, dije al aire esa vez y me fui.

Ya de eso no queda nada. El mundo quizás la olvidó, como se va olvidando todo en esta vida. La fueron olvidando tal como yo tenía olvidadas estas líneas en mi memoria.

Buen viaje,
Que las estrellas te acojan
Que el Sol de caliente
Y que la Luna te ayude a dormir ..

Narcisa

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