- Gabriel García Márquez

lunes, 11 de junio de 2012

La vida se me fue en ello


¿Sabes? Lo hice porque una noche la pillé mirándome en la oscuridad.


Por eso lo hice, porque no iba a soportar más el olor a clavel de su piel.


Ella llevaba adentro el mal, y yo la oscuridad no la soporto. No soporto ese mechón de cabello negro azabache que dejó colgado en mi habitación para que la recordase con el alma apretada. Ni soportaba ese cabello como la noche mientras hacíamos el amor, cuando el destello que su cuerpo ebúrneo proyectaba eclipsaba mi existencia. Entonces la amaba y la odiaba como nunca. No hagas ni tal de pensar que estoy loco, esto te lo cuento para que sepas porque estoy atrapado aquí.


Lo planeé durante cuatro días.


Lo recuerdo porque fueron  noches de luna llena. Una fulgurante y desesperada, como sus ojos grises, como el destello naranjo que desprendían y que iluminaban la oscuridad de mi ser.


La dejé ir. Ese fue mi error (aunque de él no me arrepiento).


Porque no habría resistido matarla. Su andar de gacela durante las noches acompañaba mi silencio (ahora yo soy quien la acompaña en su silencio). Por eso la dejé ir. Pero supe desde siempre que ella me observaría en la oscuridad (ahora yo soy quien la observa en la oscuridad). Y aunque no la viese sabía que estaría ahí.


Una noche, (noche fatídica) decidí huir de mis propios pensamientos. Y para mi suerte azarosa esa noche se me vino a la mente. Inundó lo poco de alma que me quedaba, apretada de esa tristeza que solo ella me conocía, y cual llamado la sentí más cerca que nunca.


Cerca al punto de penetrarme la piel con el acero inconfundible de la muerte.
          
  La noche se me hacía eterna, no acababa nunca, y los pies ya no me reclamaban; había pasado la barrera en que se dejan de sentir luego de caminar la eternidad.

            La herida de bala bajo el abrigo me desangraba silenciosamente, nadie hubiera notado que moría de no ser por el extraño tono descolorido de mi rostro, que nadie se dignó a mirar durante la noche. La vereda era eterna e inundada por un mar de caras distintas, pero nadie miraba a nadie ni siquiera por algún instante fugaz para saber si esa persona se encontraba bien, para enterarse de su color de ojos o de la expresión de su cara al sonreír: Y es que así venían (y seguirán) siendo las cosas en esta sociedad descabellada.

            Antes de desvanecerme, la vi en la vereda de enfrente, ella, hermosa mía, con el arma con que me disparó aún caliente en el bolsillo de su abrigo. Me sonrió y yo le devolví la sonrisa, se aseguró de que muriera ahí en la calle. Yo miré su rostro detenidamente, lo grabé en mi memoria, es el último que vi y que me llevé a la eternidad.

            Me grabé su cabello negro azabache y sus labios finos, su piel clara y sus ojos grises en los que tantas veces me reflejé. Me grabé su expresión fría y su cuerpo, sus manos, su cuello bruñido cual mármol de Carrara y la malicia con que se mordía los labios esa noche fatídica como ninguna otra.

            Entonces caí, el cemento dio fuerte contra mi cara, estaba seco, sentí el gusto metálico de la sangre en la lengua y los ojos se me cerraron de a poco. Se me fue la vida silenciosa, los sonidos se hicieron uno y las luces, borrosas, se fueron apagando poco a poco.

            Vi su rostro nuevamente y por última vez, hermosa, me miraba quieta aún en la vereda de enfrente y me sonrió.


La vida se me fue en ello.

 Narcisa Colours

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