- Gabriel García Márquez

martes, 6 de abril de 2010

Llévame desierto


El sol abrasante hiere su piel, reseca y trizada sin compasión. Su cuerpo yace casi sin vida sobre la arena en el desierto y su alma lo único que pide es ser devorada por el cielo azul. Los carroñeros rodean su cuerpo inmóvil esperando el momento preciso para lanzarse en picada.

“Llévame desierto” Susurran sin voz sus labios resquebrajados y tristes, por ellos corre un hilo de sangre oscura, lento y se pierde en la arena como cada intento de ella por moverse. Los dedos se le acalambran, ha perdido mucha sangre y está débil. En su estómago sentía una herida que la mataba lento pero constante, que la vaciaba totalmente, no sentía ni sus piernas ni sus brazos y con suerte podía pensar, solo existía en medio de ese averno y estaba consciente de que se quedaría ahí tendida a los 50 grados de temperatura y moriría de deshidratación o moriría por la noche con el despiadado frío, cuando su cuerpo quedara totalmente vacío y sin vida, aunque sea cuál sea la forma en que llegara su último respiro en aquel abismo homogéneo su cuerpo sería comida de los carroñeros que seguían rondando incansables en círculos sobre ella, eran tres los que la rondaban, veía sus sombras pasar una y otra vez marcando un pulso, los latidos de su corazón.

Aunque éste estuviera a punto de detenerse.

No recordaba como diablos había llegado ahí. No recordaba cuál era su nombre. No sabría decir cuánto tiempo llevaba ahí a merced del desierto. No tenía idea de cuánto tiempo más le quedaba por vivir. Solo sentía la arena caliente bajo su cuerpo semidesnudo quemándola, el agujero en su estómago por el que se le iba la vida y la sed que raspaba su garganta con cada respiración, el calor que destrozaba su esófago cada vez que inhalaba y expiraba. Ya no podia respirar por la nariz siquiera, tenía la boca seca y la lengua como una flor marchita. No tenía fuerzas ya para darse vuelta y encarar al sol, testigo único y principal sospechoso de su muerte cruel y despiadada.

Su vista se nublaba paulatinamente, como si una sabana fuera cubriendo sus ojos oscuros y tristes. Hizo un último esfuerzo por aclarar la vista y logró ver un desfile de colores solo a unos metros más adelante, como una fiesta nortina. Rojos, amarillos, verdes y morados danzaban por su lado, personas con rostros cubiertos por máscaras que danzaban sin parar bajo el sol. Trató de estirar un brazo para pedirles ayuda. Pero éste no respondió, seguía inmóvil frente a su cara. Abrió la boca para gritarles que la ayudaran. Pero de sus labios no arrancó ni el más mínimo de los sonidos.

Pestañeó. Ya no había nada en kilómetros a la redonda.

Sus ojos lloraron sin lágrimas. La deshidratación había hecho de las suyas con ella. Cerró los ojos y ésta vez se convenció de que no los volvería a abrir más.

Triste y silenciosa su alma se perdió en el desierto árido.

Y los carroñeros se lanzaron en picada.

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