- Gabriel García Márquez

lunes, 12 de abril de 2010

Espuma


De pequeña ella jugaba a atrapar pensamientos suicidas con una red de mariposas y en una cajita pequeña esconderlos en el fondo del mar de donde no podrían salir jamás.

De pequeña siempre supo que si alguien le hacía un puntapié caería y llegaría al fondo del mar de donde tampoco podría salir, por lo que cuando no jugaba sobre la mar azul volaba hacia el sol y entre su calor se cobijaba para dormir. Cada noche la luna le hacía un cuento distinto o le cantaba alguna canción multicolor y los astros se apagaban entonces para dejarla descansar, las estrellas fugaces por la mañana le vestían de esplendor y sus alas peinaban para que la pequeña fuera reluciente, y es que no había nadie en el firmamento que no adorase a la pequeña Espuma.

Pero eran las criaturas marinas quienes aborrecían las actitudes de la pequeña Espuma, pues cada pensamiento que enjaulaba y dejaba en el fondo del mar solía huir de la pequeña cajita, mas no de las profundidades del azul, llevando la oscuridad y la maldad al océano. Cada día las sirenas se lo reprochaban al sol y éste les decía que era mejor que esto ocurriese en el fondo del mar a que ocurriese en la tierra y éstas debían solo adaptarse a vivir escondidos de la misma muerte que habitaba cada rincón de la mar.

Hasta que un día, por venganza pura, mientras la pequeña Espuma jugaba con su red de mariposas, fue Azulina, una sirena, quién tomó sus piernas mientras flotaba sobre el mar y la hundió llevándola hasta la parte más profunda del océano al lado de todas las cajitas que la niña había tirado alguna vez. La pequeña Espuma gritaba, mas sus gritos se convertían en burbujas que se perdían como se pierde una piedra que se arroja a un lago, y sus pulmones comenzaron a llenarse de agua salada que quemó su interior por completo. Con una cadena hecha de algas, Azulina amarró uno de los pies de la niña a una roca y se marchó para no volver jamás, no sin antes hacerla tragar unas algas que harían que le creciesen branquias para que la pequeña no muriera y se quedase para siempre en aquel abismo.

La pequeña desesperada imploró al Sol por ayuda pero sus gritos de infante se quedaron atrapados entre el agua que la rodeaba y en las algas se perdieron sin volver a dar señal. Y cada pensamiento comenzó a salir de sus escondites para aterrorizar a la pequeña Espuma.

El Sol y la Luna terminaron por separarse en su espera eterna por la pequeña, aún así éste cada día sale y observa el océano, por siempre esperando que la pequeña vuelva a cobijarse en su calor. En su furia asesinó a la sirena que le había quitado a la niña y sus restos los arrojó de vuelta al agua, condenó a las sirenas volviendo sus pieles pálidas y sus ojos intolerantes a la luz. Y por eso es que éstas no volvieron a mostrar sus rostros. Cada crepúsculo, el sol se esconde por el lado del mar para ver si es que puede encontrar a su pequeña Espuma y rescatarla de la oscuridad.

La luna triste cada noche asoma su rostro al firmamento esperando poder volver a cantarle una canción a Espuma, y por cada noche que asoma su rostro sin ver rastros de la pequeña hace una estrella diferente.

En la tierra los pensamientos suicidas y las penurias se extendieron felices causando destrozos en cada lugar que quedó al alcance de sus garras.

Cada noche, antes de dormir, la niña canta triste las canciones que recuerda haber escuchado alguna vez, y sus cantos atraviesan cualquier barrera material existente en el universo, son los cantos tristes del azul. Y cada pensamiento que queda en el mar atormenta a la pequeña Espuma, rompen sus alas furiosos y éstas llegan a la orilla de las playas junto con las olas quedando tendidas sobre la arena, formando una barrera que el mar no puede traspasar. Ésta brilla con los destellos que el Sol le proyecta y por la noche la Luna la hace resplandecer

martes, 6 de abril de 2010

Las estrellas fugaces caen con furia

Como estrellas fugaces caen por el acaudalado camino que se les dispone, cortan sus pensamientos voladores con sus ruidos estruendosos y colores maravillosos. Piensa que le dan terror aquellos astros que disfrutan de desafiar la velocidad y se aterra con la simple idea de tener que nadar indefensa a través de aquel caudal despiadado. La luz se había cortado en el caserío y la noche caía solemne, tenaz y despiadada sobre cada figura que recorría la acera.

Pone un paso en la calle haciendo un acto heroico de valentía, y es que las estrellas caían con furia en ese preciso momento, la hora de los demonios.

Una bocina descontrolada vuelve a romper su cadena de pensamientos infinitos.

Sube el pie nuevamente a la acera y con recelo mira al dueño del terrible sonido, siente terror de volver a pisar la calle y tener que atravesar el mar de estrellas fugaces.

Saca un papelillo del bolsillo del chaquetón que andaba trayendo encima y se lo jala de una sola, da media vuelta y se pierde en la oscuridad como el resto de fantasmas que recorrían la acera a esa hora.

Y es que se la ganó la endemoniada calle

Llévame desierto


El sol abrasante hiere su piel, reseca y trizada sin compasión. Su cuerpo yace casi sin vida sobre la arena en el desierto y su alma lo único que pide es ser devorada por el cielo azul. Los carroñeros rodean su cuerpo inmóvil esperando el momento preciso para lanzarse en picada.

“Llévame desierto” Susurran sin voz sus labios resquebrajados y tristes, por ellos corre un hilo de sangre oscura, lento y se pierde en la arena como cada intento de ella por moverse. Los dedos se le acalambran, ha perdido mucha sangre y está débil. En su estómago sentía una herida que la mataba lento pero constante, que la vaciaba totalmente, no sentía ni sus piernas ni sus brazos y con suerte podía pensar, solo existía en medio de ese averno y estaba consciente de que se quedaría ahí tendida a los 50 grados de temperatura y moriría de deshidratación o moriría por la noche con el despiadado frío, cuando su cuerpo quedara totalmente vacío y sin vida, aunque sea cuál sea la forma en que llegara su último respiro en aquel abismo homogéneo su cuerpo sería comida de los carroñeros que seguían rondando incansables en círculos sobre ella, eran tres los que la rondaban, veía sus sombras pasar una y otra vez marcando un pulso, los latidos de su corazón.

Aunque éste estuviera a punto de detenerse.

No recordaba como diablos había llegado ahí. No recordaba cuál era su nombre. No sabría decir cuánto tiempo llevaba ahí a merced del desierto. No tenía idea de cuánto tiempo más le quedaba por vivir. Solo sentía la arena caliente bajo su cuerpo semidesnudo quemándola, el agujero en su estómago por el que se le iba la vida y la sed que raspaba su garganta con cada respiración, el calor que destrozaba su esófago cada vez que inhalaba y expiraba. Ya no podia respirar por la nariz siquiera, tenía la boca seca y la lengua como una flor marchita. No tenía fuerzas ya para darse vuelta y encarar al sol, testigo único y principal sospechoso de su muerte cruel y despiadada.

Su vista se nublaba paulatinamente, como si una sabana fuera cubriendo sus ojos oscuros y tristes. Hizo un último esfuerzo por aclarar la vista y logró ver un desfile de colores solo a unos metros más adelante, como una fiesta nortina. Rojos, amarillos, verdes y morados danzaban por su lado, personas con rostros cubiertos por máscaras que danzaban sin parar bajo el sol. Trató de estirar un brazo para pedirles ayuda. Pero éste no respondió, seguía inmóvil frente a su cara. Abrió la boca para gritarles que la ayudaran. Pero de sus labios no arrancó ni el más mínimo de los sonidos.

Pestañeó. Ya no había nada en kilómetros a la redonda.

Sus ojos lloraron sin lágrimas. La deshidratación había hecho de las suyas con ella. Cerró los ojos y ésta vez se convenció de que no los volvería a abrir más.

Triste y silenciosa su alma se perdió en el desierto árido.

Y los carroñeros se lanzaron en picada.

La noche es infinita

“Solo me falta un puto cigarro” Se repetía una vez más, sentada en el desnivel de la vereda a la calle, en una avenida concurrida viendo pasar los autos, uno tras otro. Gente que iba de allá para acá preocupada de simplemente el quehacer diario. Personas muertas, que se habían dejado morir con el tiempo, que habían sido asesinadas por el día a día o que simplemente se habían suicidado por miedo a convertirse en parte del sistema monstruoso al que pertenece la gente.

¿Qué haría ahora? Se negaba a convertirse en una sardina más del cardumen, una de esos cardúmenes donde si una se dirige a un lado todas van a ese aunque les lleve morir a todas, donde no piensan. “Sigo siendo una persona” Pensó una vez más, jamás dejaría que la sociedad matase sus sueños ni que la gente aboliera sus pensamientos voladores. Estaba decidida a quedarse sentada en el borde de ese abismo por siempre con tal de seguir sintiendo la paz tranquila que recorría sus venas azulinas.

Volteó, por la vereda pasaba y pasaba la gente, se hacían las ciegas, como si no la vieran ahí. Aunque no le importaba en lo absoluto. La noche era infinita para ella y ni siquiera un montón de sardinas arruinarían el vaivén calmado de sus pensamientos inmortales. “Ya se irán a su lata para ser vendidas, como el resto. Sigo siendo una persona” Se dijo de pronto con risa mientras canturreaba “Street Spirit” de Radiohead.

_ ¿Un cigarro?
_ Vale

Un alma informe compartía sus pensamientos libres, anónimamente sentada al lado en el desnivel de la vereda con la calle. Miraron en silencio las latas con sardinas andar corriente abajo o corriente arriba. Eran como un par de náufragos que sabían respirar bajo el agua a pesar de los vanos intentos de las corrientes por hacer que les crecieran branquias. Añoraban con encontrar la Atlántida pero mientras no fuera así se quedarían observando las corrientes sin ser parte de ellas. El océano siempre tendrá para ellos distintos colores y profundidades.

Y en el fondo de éste, la noche es infinita.

Quesos, cosas, casas

Él se acerca campante y campante mira al vacío como vanagloriándose de su nueva victoria.

Vaya victoria que ostenta tu ser.