¿Sabes? Lo hice porque una noche la pillé mirándome en la oscuridad.
Por eso lo hice, porque no iba a soportar más el olor a clavel de su piel.
Ella llevaba adentro el mal, y yo la oscuridad no la soporto. No soporto
ese mechón de cabello negro azabache que dejó colgado en mi habitación para que
la recordase con el alma apretada. Ni soportaba ese cabello como la noche
mientras hacíamos el amor, cuando el destello que su cuerpo ebúrneo proyectaba
eclipsaba mi existencia. Entonces la amaba y la odiaba como nunca. No hagas ni
tal de pensar que estoy loco, esto te lo cuento para que sepas porque estoy
atrapado aquí.
Lo planeé durante cuatro días.
Lo recuerdo porque fueron noches de
luna llena. Una fulgurante y desesperada, como sus ojos grises, como el
destello naranjo que desprendían y que iluminaban la oscuridad de mi ser.
La dejé ir. Ese fue mi error (aunque
de él no me arrepiento).
Porque no habría resistido matarla. Su andar de gacela durante las noches
acompañaba mi silencio (ahora yo soy
quien la acompaña en su silencio). Por eso la dejé ir. Pero supe desde
siempre que ella me observaría en la oscuridad (ahora yo soy quien la observa en la oscuridad). Y aunque no la
viese sabía que estaría ahí.
Una noche, (noche fatídica) decidí
huir de mis propios pensamientos. Y para mi suerte azarosa esa noche se me vino
a la mente. Inundó lo poco de alma que me quedaba, apretada de esa tristeza que
solo ella me conocía, y cual llamado la sentí más cerca que nunca.
Cerca al punto de penetrarme la piel con el acero inconfundible de la
muerte.
La
noche se me hacía eterna, no acababa nunca, y los pies ya no me
reclamaban; había pasado la barrera en que se dejan de sentir luego de caminar
la eternidad.
La
herida de bala bajo el abrigo me desangraba silenciosamente, nadie hubiera
notado que moría de no ser por el extraño tono descolorido de mi rostro, que
nadie se dignó a mirar durante la noche. La vereda era eterna e inundada por un
mar de caras distintas, pero nadie miraba a nadie ni siquiera por algún
instante fugaz para saber si esa persona se encontraba bien, para enterarse de
su color de ojos o de la expresión de su cara al sonreír: Y es que así
venían (y seguirán) siendo las cosas en esta sociedad
descabellada.
Antes
de desvanecerme, la vi en la vereda de enfrente, ella, hermosa mía, con el arma
con que me disparó aún caliente en el bolsillo de su abrigo. Me sonrió y yo le
devolví la sonrisa, se aseguró de que muriera ahí en la calle. Yo miré su
rostro detenidamente, lo grabé en mi memoria, es el último que vi y que me
llevé a la eternidad.
Me
grabé su cabello negro azabache y sus labios finos, su piel clara y sus ojos
grises en los que tantas veces me reflejé. Me grabé su expresión fría y su
cuerpo, sus manos, su cuello bruñido cual mármol de Carrara y la malicia con
que se mordía los labios esa noche fatídica como ninguna otra.
Entonces
caí, el cemento dio fuerte contra mi cara, estaba seco, sentí el gusto metálico
de la sangre en la lengua y los ojos se me cerraron de a poco. Se me fue la
vida silenciosa, los sonidos se hicieron uno y las luces, borrosas, se fueron
apagando poco a poco.
Vi
su rostro nuevamente y por última vez, hermosa, me miraba quieta aún en la vereda
de enfrente y me sonrió.
La vida se me fue en ello.
Narcisa Colours