Lo primero es la rabia.
Increíble, al punto de sobrepasar los límites tanto de tu cuerpo como de tu mente. La rabia que intento sofocar arrinconada en una esquina olvidada de mi habitación con la luz apagada. Una rabia que quema adentro sin parar, persistente aunque dificilmente sempiterna. Una furia apasionada que te hunde en el suelo, que de pronto crece y te hace llegar a un clímax que desborda en uñas rasgando la piel y a una desesperante etapa posterior.
El llanto.
Que cuando estás sumido en la oscuridad de la habitación no te molestas en quitarte de la cara, un llanto que te empapa la cara y el pecho, que te hincha los ojos e inunda la nariz. Un llanto descontrolado producto de la rabia que te arranca sollozos desolados de la boca.
Y hay que descargarse ¿No?
Así que luego de una gran batalla conmigo misma en la que siempre pierdo me termino arrastrando por la habitación hasta llegar al escondite de mi amiga. Vuelvo a mi lugar y la deslizo por mis brazos. Se siente genial ¿Sabes?
Lo mejor es dejarse desfallecer, sentir que la vida, tibia, se arranca por los brazos. Hasta que te entumes y al ponerte de pie te mareas, ahí hay que acabarlo todo.
Pues en realidad, rabia ya no queda, ni pena ni medio. Solo las marcas son las que quedan, las marcas quedan en la piel.
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