Las tardes se hacen cada vez más frías y las noches oscuras más cercanas. Dentro de la inestabilidad propia de tu mente prefieres el frío que te obliga a mantenerte despierto antes que el calor que inhibe el arte de pensar.
Con el frío buscas algo en que mantener tu mente lejana. Desapareces por momentos, y luego llegas violentamente, ahogándote en un mar de pensamientos que se alborotan por cobrar protagonismos. Con el frío pienso en el calor de otros cuerpos. En la traba de mi pelo que dejé perderse entre los pliegues de su chaleco cuando mi cara se escondía en su pecho. Me da por pensar en mis manos congelándose, en mi nariz que escurre enfermedades y mis mejillas que se hielan con el aire. Pienso en hundir mi alma en el amor y al mismo tiempo considero guardar mi corazón en una caja y tirarla al fondo del mar, me da por creer férreamente en cosas que pudieron pasar y no fueron, y en montarme y hacerme parte de realidades inexistentes.
Es el invierno, el que me reconquista, el que entra a cada rincón y le da pinceladas únicas a cada cosa. Hace los momentos más reales y las sonrisas más escasas. Es el invierno el que hace a los abrazos (cuando hay quien los dé) más habituales y reconfortantes.
Eres tú, soy yo. Son todos.
Narcisa.
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