Sin entender bien cómo, ni el pretexto, por la ventana de mi habitación se entra el sonido del mar. Cuando tengo puesta música se hace más evidente; suena detrás de todo, aún detrás de la música de fondo. Siempre llega por las noches.
A veces pasan camiones y carros por la calle, y entonces pareciera que al salir habrá una costanera transitada de lugareños y turistas que le tiran fotos a cada ola, cada pájaro, cada embarcación que transita por el mar. A veces pienso en mirar por la ventana para verlos cada uno en su terreno, quienes reptamos por el cemento y las ciudades, la infinidad de los que transitan por el mar, la perfección de quienes pueden transitar los 3. Pienso en mirar con los ojos cerrados y sentir el viento salino que te seca los labios y la piel, la humedad que se impregna a la ropa. Pero mi ventana es muy pequeña y está muy alta para poder sentarme a mirar.
Quizás por eso se entra el sonido del mar todas las noches para hacerme compañía.
A veces es tan convincente que puedo imaginar las olas rompiendo contra los pedregales al llegar a la orilla. Imagino las ráfagas de viento que se cortan al rozar mis ventanas, e incluso imagino los noctámbulos como yo que han de transitar entre arena y pedregal, mares y viento.
En una ciudad mediterránea no se encuentra el mar. En una ciudad atestada no se escucha el viento. Donde todo es cemento y máquinas (que de noche suenan como el mar) no vuelan pájaros nadadores. Pero la memoria es la base firme que erige nuestra -imaginativa- resistencia.
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