- Gabriel García Márquez

viernes, 11 de septiembre de 2015

Sangro. 11 de septiembre 2015.

Te fuiste.
Esta vez sin llantos, sin rodeos, sin promesas. Te fuiste. Me devolviste las llaves de mi pieza, de mi corazón.
De mi cuerpo.
Y me quedé sangrando, como una herida que parte desde el centro de mi pecho y baja hasta el vientre. Parece una herida mortal. Pero también es una pena como una piedra fría en la garganta y en el estómago, que no me deja hablar de lo sucedido. Siento pena, Siento. Siento.
Siento intensamente, como siempre fuimos los dos. Momentos buenos, momentos malos, siempre intensos. Siempre.
Contigo se fueron las risas tiernas, nuestras formas de hablar como niños pequeños, como yankis al peo. Como árabes en guerra. Se fueron los ataques de cosquillas, las conversaciones profundas sobre nuestras raíces. Se fue la paz del alma y la intensidad de mis pasiones. Y como toda tristeza profunda que inunda a mi existencia, llegan las palabras para desangrarme.
Eres un mar que se recogió ante la inminencia de la catástrofe. Quizás para mejor, si, para mejor. Te fuiste silencioso, no me dejaste acompañarte hasta la puerta. Menos teatro para poder desprenderte de mi.
Yo estuve a punto de salir corriendo tras de ti, como una niña pequeña que corre detrás de quien ama. Pero me reprimí, no sé si por vergüenza, por hastío o por madurez. Por hacerme cargo de todo lo que estaba sintiendo, También siento que te amo y te extraño, que me dueles profundamente. Me duele el tiempo que compartimos nuestra vida y las ilusiones de proyectarla, de irnos lejos, al sur. De salir de vacaciones, de irnos a acampar. Me duele por lo vivido, por la desnudez de nuestras almas, por la profundidad de la vida que compartimos.
Me duele haber imaginado el ocaso de mi vida junto a ti y ahora dejar que eso se vaya por un cauce lento y constante. Y esto recién está empezando. Te amo, te amo, M. Te amo.
11 de septiembre. Un ataque en contra de la centralidad de mi persona de este último tiempo. Un año y 7 meses de nuestras vidas compartidos en una unión honda como las profundidades del mar, entrelazadas, cauces de peces multicolores que ahora se alejan. Estoy en la superficie de un océano, nadando, sola, encontrándome. Con riesgo de ahogarme.
Te amo con la profundidad de mi alma, por los años de amistad compartidos y la ternura de tu alma. Por la lealtad y el compromiso, por tu apertura de aceptarme y ayudarme a aceptarme a mi misma. Gracias por todo, gracias por ayudarme tanto cuando te necesité, gracias por trabajar en cambiar lo que nos hacía daño y te hacía daño a ti, pero espero que ahora puedas seguir por ti mismo. Quizás te ayude a avanzar más rápido, a despertar. Te deseo lo mejor, aunque nunca llegues a leer esto.
Eres un valioso, validero porque luchas por ti, a tus tiempos, con calma, pero no te rindes, por tu sensibilidad y tu razonamiento, porque aprecias lo simple y te gustan las montañas. Montañas entre las que nos perdimos, montañas de deseo y sentimientos gigantes.
Soy un huracán de sentimientos en este momento, y en lo venidero.
Estoy rota. Estoy sangrando, fluyo. Te amo.

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