Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir..
- Gabriel García Márquez
sábado, 22 de agosto de 2015
La mar-cha en el puerto
El día estaba nublado y de tanto en tanto se dejaba caer la lluvia. El puerto se veía gris, el mar lo estaba, lo estaba el cielo y las calles, los cerros, lo estaban los uniformados.
Los lienzos llenan el ambiente, por sus consignas, llenan de vida, de gente, y la Plaza de la Victoria está henchida de un aire de voluntad y compromiso, de lucha. Y corre viento helado, y todos están abrigados tanto como pueden, pero la atmósfera es cálida, todos tenemos un objetivo común, tanto estudiantes como trabajadores, como pobladores y profesionales. La lucha de todos es la misma. Y reivindicarla nos convoca. Entonces tampoco está tan helado, cuando se comienza a caminar y los cantos salen de la garganta entra un calorcito agradable por los poros, el cielo se ve un poco más azul y a las casas de los cerritos les vuelven los colores.
Avanzan bloques unidos cantando lemas de libertad y de unión.
La marcha avanza así como un río que fluye lento, los cantos son peces que saltan y se hacen ver. Es imposible sentirse solo cuando se está mar-chando. Se ven las risas, se huelen las convicciones, se escuchan sonrisas y se sienten las banderas rojas, moradas y negro, verdes y blanco. Todas representando mensajes, izadas por quienes creen en ellos. Se grita por libertad, una distinta a los que propugnan aquellos peces gordos que ocultan el sol.
La idea es llegar al congreso, pero antes, como siempre, esperan los uniformados con sus armas de represión y "contención" hechas para amedrentar. Pero hay algo que no entienden: a ellos y a quienes defienden los mueve el dinero, a los que marchan los mueve algo mucho más profundo e inquebrantable: la convicción, la esperanza, la razón.
Las casitas de colores se ven un poco tristes cuando el escenario está ambientado por los chorros de la maquinería de represión, cuando los gases hacen llorar forzadamente a quienes gritan exigiendo lo que es justo. Y por eso la atmósfera se debate entre la frialdad del uniforme y el calor del manifestante.
Finalmente ocurre lo de siempre: ganan los uniformados, cuales tiburones que desgarran la unidad física de los mar-chantes. Pero eso es una batalla de muchas otras.
Y es que al final, cuando la mayoría se levante como una marea inquebrantable capaz de sacudir cualquier estructura hasta sus cimientos, cuando eso pase, habremos conquistado la libertad tan largamente exigida.
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