30 Grados centígrados en la capital y adentro de las poblaciones la sensación era de unos 34 por lo menos, el cemento impenetrable de la calle, las veredas y las casas no son de gran ayuda para aquellos que deben soportar los calores sempiternos de Enero. Eso, de todas formas, no le interesa al angustiao', que sigue con la casaca celeste inmunda encima. No se la saca nunca, sino tendría que llevarla en el brazo y le incomodaría en caso de tener que arrancar de los pacos, o de llevarla amarrada alrededor se le caería y no tenía más ropa.
No le molestaba de todas formas, es que cuando estaba con la angustia carcomiéndole los sesos no se acordaba de nada más. No existía el hambre, el calor ni el amor.
Dobló por el almacen donde atendía la mamá del caeza e sopaipa y caminó dos cuadras hasta llegar a la casa de la reja negra y llamó. ¡Doña Renata! Escucharon por décima vez en el día los vecinos del lugar.
El angustiao' esperó. La calle estaba vacía, pero el no lo notó. Tampoco notó que se encontraba en el mismo lugar que lo vió crecer entre pichangas y riñas callejeras con sus amigos, ahora reos del sistema carcelario o víctimas de venganzas entre pandillas.
Doña Renata salió con su conocido gesto huraño y el delantal verde piñiñento que siempre llevaba día a día.
_ ¿Cuántos querí Maikel? - le gruñó con desgano
_ 3 - le respondió él alargandole tres billetes de mil pesos que quien sabe donde los consiguió
_ Los subí gamba - Masculló Doña Renata sin paciencia ya
Él la miró sin entender mucho.
_ No te los voy a bajartelo' - le aventuró rapidamente Doña Renata - Te da pa' dos
El angustiao' se revisó los bolsillos de la parca. En uno encontró $200, se buscó desesperadamente en los otros hasta que, para su alivio, encontró otros $100 en uno de los bolsillos de los jeans, tendría que desistir de los 2 cigarritos sueltos que se iba a comprar en el almacén de la esquina. Le alargó la plata a Doña Renata. Ella la recibió y se devolvió a la casa, no pasaron más de 2 minutos y apareció nuevamente con la pasta que el angustiao' necesitaba tan imperiosamente, se devolvió a su casa y cerró la puerta secamente.
Revisó el banano negro que siempre llevaba en busca de la pipa de cañería de oro que se había robado de la casa de sus abuelos la última vez que los visitó, hacían ya unos 6 años. Con alivio sintió el tacto metálico del objeto que tanto buscaba.
Se dió media vuelta, y nadie supo a donde se fue a perder el Angustiao'. Ya todos saben, él viene a aparecer cuando el cuerpo le pide más pasta, más mierda.
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