- Gabriel García Márquez

jueves, 3 de noviembre de 2011

La vida se me fué en ello

La noche se me hacía eterna, no acababa nunca, y los pies ya no me reclamaban; había pasado la barrera en que se dejan de sentir luego de caminar la eternidad.

La herida de bala bajo el abrigo me desangraba silenciosamente, nadie hubiera notado que moría de no ser por el extraño tono descolorido de mi rostro, que nadie se dignó a mirar durante la noche. La vereda era eterna e inundada por un mar de caras distintas, pero nadie miraba a nadie ni siquiera por algún instante fugaz para saber si esa persona se encontraba bien, para enterarse de su color de ojos o de la expresión de su cara al sonreír: Y es que así venían (y seguirán) siendo las cosas en esta sociedad descabellada.

Antes de desvanecerme, te vi en la vereda de enfrente, hermosa mía, con el arma con que me disparaste aún caliente en un bolsillo de tu abrigo. Me sonreíste y yo te devolví la sonrisa, te asegurabas de que muriera ahí en la calle. Yo miré tu rostro detenidamente, lo grabé en mi memoria, es el último que vi y que me llevé a la eternidad.

Me grabé tu cabello negro azabache y tus labios finos, tu piel clara y tus ojos oscuros en los que tantas veces me reflejé. Me grabé tu expresión fría y tu cuerpo, tus manos y tus medias negras.

Entonces caí, el cemento dio fuerte contra mi cara, estaba seco, sentí el gusto metálico de la sangre en la lengua y los ojos se me cerraron de a poco. Se me fue la vida silenciosa, los sonidos se hicieron uno y las luces, borrosas, se fueron apagando poco a poco.

Vi tu rostro nuevamente y por última vez, hermosa, que mirabas quieta aún en la vereda de enfrente y me sonreíste.

La vida se me fué en ello.

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