Aquella noche de viernes mientras todos se abrazaban llorando el ciclo que cerraban, yo te miré sin saber que hacer, hermosa mía, que estabas sola con la expresión ensimismada que siempre me cautivó. Tu me miraste y nos sonreímos. La noche te hacía ver más blanca y el cabello azabache más oscuro aún, como etérea. Así mismo nos disolvimos. Tu con tus compañeros y yo con mis conocidos, niña, y con el mismo miedo de hace un par de años me abstraí de decirte nada, y no me despedí ni yo de ti ni tu de mi.
Quién diría que hace un par de años, mujer, cuando pensaba en aquella noche, me armaba de convicción para decírtelo todo ¿Podrías creerlo? planeaba mirar tus ojos oscuros y confesarte que nunca nadie me había gustado ni me volvería a gustar de la forma en que tu lo hacías, te iba a decir que nadie nunca te amaría como yo lo hice.
Pero aquella funesta noche de viernes te miré encandilada de tu alma, como siempre lo hacía, y nos sonreímos para luego difuminarnos en un mar de caras melancólicas.
Hoy, me miré en el espejo y tu imagen viva se vino a frente a mis ojos, ¿Sabes? y con un escalofrío recorrí tu rostro marmolino con mis labios temblorosos, acaricié tu cabello negro con mis manos ensopadas de miedo y de un beso arrebaté de tus labios finos la sonrisa que llevabas, igual que la de aquel viernes fatal en la noche. Le hice el amor a tus memorias, besé hasta el último segundo de tu ensimismamiento e hice mía cada pulgada de tu recuerdo. Hoy me jodí tu imagen, viva en mi mente ¿Sabes? y cuando terminé me arrastré hacia mi reproductor de música, cual cigarro, y puse el tema que tantas veces soñé que te cantaba al oído, aquel que nada más escucharlo es revivirte, y rompí a llorar. Cada segundo de la canción lloré los centímetros de tu ausencia con un dolor reprimido, gélido y desgarrador, triste, ausente e imperante. Me harás falta ¿Lo sabes? se lo repetiré una y mil veces al viento.
Hoy es un día azul de primavera / Creo que moriré de poesía, /De esa famosa joven melancólica / No recuerdo ni el nombre que tenía. / Sólo sé que pasó por este mundo / Como una paloma fugitiva: / La olvidé sin quererlo, lentamente, / Como todas las cosas de la vida.
Me quedaré esperando que esta vez Nicanor Parra haya vomitado solo verdad.
Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir..
- Gabriel García Márquez
martes, 29 de noviembre de 2011
jueves, 3 de noviembre de 2011
La vida se me fué en ello
La noche se me hacía eterna, no acababa nunca, y los pies ya no me reclamaban; había pasado la barrera en que se dejan de sentir luego de caminar la eternidad.
La herida de bala bajo el abrigo me desangraba silenciosamente, nadie hubiera notado que moría de no ser por el extraño tono descolorido de mi rostro, que nadie se dignó a mirar durante la noche. La vereda era eterna e inundada por un mar de caras distintas, pero nadie miraba a nadie ni siquiera por algún instante fugaz para saber si esa persona se encontraba bien, para enterarse de su color de ojos o de la expresión de su cara al sonreír: Y es que así venían (y seguirán) siendo las cosas en esta sociedad descabellada.
Antes de desvanecerme, te vi en la vereda de enfrente, hermosa mía, con el arma con que me disparaste aún caliente en un bolsillo de tu abrigo. Me sonreíste y yo te devolví la sonrisa, te asegurabas de que muriera ahí en la calle. Yo miré tu rostro detenidamente, lo grabé en mi memoria, es el último que vi y que me llevé a la eternidad.
Me grabé tu cabello negro azabache y tus labios finos, tu piel clara y tus ojos oscuros en los que tantas veces me reflejé. Me grabé tu expresión fría y tu cuerpo, tus manos y tus medias negras.
Entonces caí, el cemento dio fuerte contra mi cara, estaba seco, sentí el gusto metálico de la sangre en la lengua y los ojos se me cerraron de a poco. Se me fue la vida silenciosa, los sonidos se hicieron uno y las luces, borrosas, se fueron apagando poco a poco.
Vi tu rostro nuevamente y por última vez, hermosa, que mirabas quieta aún en la vereda de enfrente y me sonreíste.
La vida se me fué en ello.
La herida de bala bajo el abrigo me desangraba silenciosamente, nadie hubiera notado que moría de no ser por el extraño tono descolorido de mi rostro, que nadie se dignó a mirar durante la noche. La vereda era eterna e inundada por un mar de caras distintas, pero nadie miraba a nadie ni siquiera por algún instante fugaz para saber si esa persona se encontraba bien, para enterarse de su color de ojos o de la expresión de su cara al sonreír: Y es que así venían (y seguirán) siendo las cosas en esta sociedad descabellada.
Antes de desvanecerme, te vi en la vereda de enfrente, hermosa mía, con el arma con que me disparaste aún caliente en un bolsillo de tu abrigo. Me sonreíste y yo te devolví la sonrisa, te asegurabas de que muriera ahí en la calle. Yo miré tu rostro detenidamente, lo grabé en mi memoria, es el último que vi y que me llevé a la eternidad.
Me grabé tu cabello negro azabache y tus labios finos, tu piel clara y tus ojos oscuros en los que tantas veces me reflejé. Me grabé tu expresión fría y tu cuerpo, tus manos y tus medias negras.
Entonces caí, el cemento dio fuerte contra mi cara, estaba seco, sentí el gusto metálico de la sangre en la lengua y los ojos se me cerraron de a poco. Se me fue la vida silenciosa, los sonidos se hicieron uno y las luces, borrosas, se fueron apagando poco a poco.
Vi tu rostro nuevamente y por última vez, hermosa, que mirabas quieta aún en la vereda de enfrente y me sonreíste.
La vida se me fué en ello.
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