
Nací el primer día del ciclo de la luna, luna nueva, una noche infernalmente calurosa según como me la describió mi madre. Tanto, que una de las parteras se desmayó por el bochorno y mi madre estuvo al borde de perder el conocimiento también. Tan calurosa, que al otro día en los diarios se publicó que una gran cantidad de creyentes cristianos hacían fila en la misma noche para confesar sus pecados, pensando que el infierno comenzaba a ascender a la tierra.
Ellos, tratando de salvar su alma.
Aquellos días en que el mundo me vió crecer, solía sentarme a esperar días completos, apenas sin comer, por alguien que llegase a llenar mi vacío. Por las noches solía mirar por horas al cielo nocturno, odiando a cada instante al Cuarto Creciente que me hacía sentir incompleto por un poco. Hasta que un día cuando dejé de esperar, ella llegó.
Eterna y blanca, como siempre la imaginé.
El cielo se hizo hasta más claro, ella lo embargaba todo con su brillo natural. Y a cada momento mis ojos me rogaban por la noche. Asi mismo, llegó a mí una mujer tan bella como la que se erguía en lo más alto del cielo nocturno. Ella estaba a mi alcance, a ella yo la hice mía con el ímpetu que habría hecho mía a la damicela que a cada noche me llamaba. La Luna Llena partío un día sin avisar, quebrando mis sueños y dejando mi cuerpo maltrecho.
Ahí estaba yo, solo.. maltrecho y sin esperanzas.
Pues ella, mi dama carnal, también había partido dejandome como el único recuerdo de su existencia un guante negro de tul que me traía a tierra cada vez que me hundía en el peor abismo de desesperación. El Cuarto, ahora Menguante acribilla mis sentidos de recuerdos de un pasado glorioso y lleno de sensaciones. ¿Qué soy ahora? No más que un animalejo que corre desesperado cada noche y que anhela con desesperación que vuelva ella.
Sólo se esperar a la Luna Llena para volverme lobo y recobrar los sentidos.
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