"Ya no quiero sentir más por ti" garabateó él en el cuaderno medio desarmado que le dejó la que volaba, y con el lápiz grafito que se había encontrado entre Caleta apolillado y Carrizalillo dejó que las palabras se escaparan por sus manos como el río de sangre que recorría por sus venas. Se puso entonces de pie para intentar seguir caminando, caminando y caminando.
Estaba solo, ya no le quedaba más que caminar. Solo, despampanantemente solo entre la tierra y el mar que se asomaba a la lejanía. Entre kilómetros de esos caminos que conocía de memoria. Solo entre las burradas. Nadie más que él, con su morral rebozante de hojas de coca secas para pasar el hambre y el tiempo, entre la mirada tranquila de los burros salvajes que andan en los caminos desiertos del norte. Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche.
Y con ese cuaderno desarmado lleno de poemas de Huidobro que esa que volaba le dejó antes de irse.
Porque no siempre estuvo solo. Antes estuvo ella, lo estuvo ese par de semanas con gustito a gloria en que estuvo el circo en que ella vivía en Punta de Choros, donde, por fortuna o la mayor de sus desgracias, él estaba de paso. Ahí no estuvo solo, pues la tuvo, libre y fugaz, entre el aire desbordado de ese julio inusualmente frío en ese pueblo. La tuvo a su lado entre las rocas y la soledad de la playa que en vez de arena tiene una alfombra de conchitas de todas las formas, obligándolo a encontrarle la mejor caracola marina para que ella se lo prendiera en un collar. La tuvo frente a él en la pista cada noche en que el circo hacía sus funciones y él lograba colarse por obra y gracia de ella, la que volaba, volaba cada noche sobre la tela colgada a varios metros del piso, haciendo vueltas y piruetas que a él lo dejaban sin aliento. Esa era ella, la que volaba. La que tenía unos largos cabellos dorados y labios finos.
Y más que eso, tenía sus emociones, hasta la fibra más sensible de su corazón, hecha de poesía.
Y eso, lo dejó a él, que nunca había sido educado para enamorarse, sino que para recorrer los caminos que separan los pueblos más apartados del borde costero de esas tierras con cartas y paquetes, totalmente anonadado.
Alfonsina volvió su mundo de cabeza.
Por las tardes la iba a buscar a su casa rodante y la invitaba a caminar por la playa. A ella le fascinaba el olor a hojas de coca que a él le salía por los labios, y por eso es que decidió besarlo la primera vez. Le gustaba también que él le hablara con tanta admiración, como un niño pequeño al que su profesor predilecto le pregunta algo de lo que si sabe bien. Por eso Alfonsina le enredaba a sus palabras sus versos favoritos cada vez que hablaban, aunque él no se diera cuenta. Y un día decidió mostrarle su cuaderno lleno de la poesía que viajaba con ella a donde fuese su circo. Pero él en realidad poco y nada sabía de poesía.
El sol le arrebataba cualquier intento de descansar. A él el sol lo hacía funcionar, porque así creció toda su vida. Entre el sol y los caminos que ahora recorría solo con el cuaderno de poesía debajo de un brazo. Se echó un puñado de hojas de coca para seguir masticando, hasta que se le durmió la lengua y sintió el sabor amargo de la coca bajando por su garganta. A Alfonsina la llevaba tatuada en el anverso de su frente, con su risa explosiva y la tristeza que a veces se apoderaba de sus ojos pardos. Pateó una copiapoa seca. El mar, como si no fuera monstruoso, reflejaba el azul del cielo.
A Alfonsina le gustaba que él la mimara, que cada vez que hubiese una función, él llegase al termino de ésta a su casa rodante con un ramo de cualquier flor silvestre, para dársela como a las actrices en sus camarines luego de las grandes funciones de teatro londinenses que una vez vio en una película. Se sentía cómoda cuando lo veía aparecer con su estilo desgarbado, pero siempre limpio, humildemente por la puerta, y ella lo invitaba a pasar y lo miraba a sus ojos casi negros. A veces le acariciaba la cara, se sentía atraída por su piel morena, a veces lo invitaba a su cama y se besaban hasta el amanecer, y él pasaba la nariz por el cuello de ella, siempre tibio y oloroso a flores. Luego llegaba el amanecer, y Alfonsina sacaba su cuaderno y leía poemas en voz alta, hasta que él se dormía, y luego se acurrucaba en sus brazos. Así fueron sus semanas de estadía en Punta de Choros.
A él nunca nadie le había enseñado de mujeres, solía verlas con indiferencia, hasta que ella revolucionó hasta el más sólido de sus anhelos solitarios. Él recorría caminos con cargas de cosas, dejaba que el sol le curtiera la piel y que el viento le refrescara las sienes. Había tenido un amigo, si, en Carrizal bajo donde creció, un amigo de la escuela, que una vez terminado Octavo básico dejó de ver tan seguido porque empezó a ayudarle con las labores pesqueras a su padre. Y a él le tocó recorrer caminos. No era como Alfonsina, no, que estudió todo lo que debía estudiar y se hizo parte de ese circo que recorría el norte. Ella buscaba, cada vez más, buscaba.
Eso mismo le dijo la madrugada que se apareció en camisa de dormir en la puerta de la pensión en donde él se estaba quedando. Le dijo que iría a buscar poemas nuevos, y le dejó entonces la que volaba su cuaderno de poesías encargado, porque ella, le prometió, iba a volver. Se besaron y luego ella se perdió entre la niebla que envolvía las casas dormidas.
Se hizo a una orilla del camino y dejó caer su cuerpo al piso, al lado tenía un cactus, pensó en estrellar su cara contra él. Abrió el cuaderno en la primera página que apareciese, y el título le contó que el poema era una obra póstuma de Vicente Huidobro, el poema repetía a la muerte, una y otra vez, una y otra vez.
Al mediodía de aquella madrugada de sabores ambiguos el pueblo perdió la cordura por la primera vez que se ahogaba una persona en las aguas de su playa. Aunque la verdad es que hasta el final, nunca nadie pudo entender si esa joven de cabello largo se había ahogado o simplemente dormía sobre el manto azul. Tanto así, que cuando el hombre más fuerte del pueblo la sacó y la envolvió en una toalla, la llevaron a una cama y la dejaron un rato por si despertaba. Ahí fue cuando él llego, alertado por los rumores que corrían de un lado a otro, y solo él entendió.
Lo entendió porque le pasó la nariz por el cuello y ya no estaba tibio ni tenía olor a flores. Lo entendió porque sus labios estaban entreabiertos, como si su vida se hubiese escapado junto a versos nuevos, lo entendió porque esa que reposaba, húmeda e inmaculada sobre la cama, ya no era Alfonsina.
Escupió la pasta verde que llevaba en la boca y se echó otro puñado más. Sacó el lápiz que se había atravesado en su vida. Alfonsina no aterrizaría su vuelo mientras él la pudiese escribir.
"Alfonsina ya no está" Escribió al final del poema que por coincidencia le había salido.
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