- Gabriel García Márquez

jueves, 19 de septiembre de 2013

Poema póstumo

La muerte que alguien espera
La muerte que alguien aleja
La muerte que va por el camino
La muerte que viene taciturna
La muerte que enciende las bujías
La muerte que se sienta en la montaña
La muerte que abre la ventana
La muerte que apaga los faroles
La muerte que aprieta la garganta
La muerte que cierra los riñones
La muerte que rompe la cabeza
La muerte que muerde las entrañas
La muerte que no sabe si debe cantar
La muerte que alguien entreabre
La muerte alguien hace sonreír
La muerte que alguien hace llorar

La muerte que no puede vivir sin nosotros

La muerte que viene al galope del caballo
La muerte que llueve en grandes estampidos

Vicente Huidobro

Éramos los elegidos del sol

Éramos los elegidos del sol
Y no nos dimos cuenta
Fuimos los elegidos de la más alta estrella
Y no supimos responder a su regalo
Angustia de impotencia
El agua nos amaba
La tierra nos amaba
Las selvas eran nuestras
El éxtasis era nuestro espacio propio
Tu mirada era el universo frente a frente
Tu belleza era el sonido del amanecer
La primavera amada por los árboles
Ahora somos una tristeza contagiosa
Una muerte antes de tiempo
El alma que no sabe en qué sitio se encuentra
El invierno en los huesos sin un relámpago
Y todo esto porque tú no supiste lo que es la eternidad
Ni comprendiste el alma de mi alma en su barco de tinieblas
En su trono de águila herida de infinito

Vicente Huidobro

- Mmm cosita rica, me tenis caliente de hace cualquier tiempo..

Los cuerpos ardiendo, tu espalda ancha y tus brazos fuertes que van modelando mi ritmo. Yo te sigo. Te sigo porque tengo una cantidad impresionante de pisco jugando en mis venas y solo pienso en que te deseo, en que te siento. Te siento, te siento. Grande y duro, grueso. 

¿Lazos políticos de familia? ¡Y una mierda! nuestros padres duermen juntos en la habitación de al lado y tu me haces gemir y me tapas la boca para que no nos escuchen, me dices, casi me pides que me calle y yo apenas puedo.

La verdad es que no sé en que momento la despedida de las buenas noches terminó conmigo encima tuyo besándote con locura, contigo que no querías que yo siguiera ni que parara y me decías que cómo, si nosotros somos hermanos...

-¿Hermanos? ¡No lo somos! - te respondí entre suspiros y besos en el cuello

Entonces llegó un momento en que te soltaste, comenzaste a recorrerme con tus sentidos - Diez años por sobre los míos - y entre susurros me preguntaste si era mi primera vez. 'No' te dije, recordando por una milésima cosas que no quería, y metí las manos por tu polera, susurrándote cochinadas entre besos, como si fuera una tipa totalmente distinta. Bien cerda y osada, caliente.

No sé, yo recuerdo que estabas aprisionado entre mis piernas y que te besaba, y recuerdo tus brazos rodeándome, y me habría quedado todo el tiempo restante de aquella noche, de este mes, de esta vida, de esa forma.

No tengo recuerdos exactos del momento en que volví a mi pieza, ni de cuando me quedé dormida. Pero por la mañana en cuanto me viste y te fui a dar los buenos días de un beso sonoro en la mejilla tu comenzaste a reír solo.

- ¿Recuerdas lo que pasó anoche?

Fue lo primero que te dije en cuanto volvimos a estar tu y yo. Me dijiste que si, pero que no ibas a hacer comentarios. Reíste. Te dije que tampoco los haría. 

Luego me montaste en tu moto y me fuiste a dejar donde te pedí que lo hicieras.

Narcisa
(Narcisa, Narcisa, Narcisa...)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Ausencia de dios

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.


Mario Benedetti

lunes, 9 de septiembre de 2013

Poema XVIII

Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mas hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

Pablo Neruda