- Gabriel García Márquez

jueves, 10 de febrero de 2011

En el metro y esas cosas

Se cruzan ambas miradas, llenas de significados y sentimientos, llenas de cariño y amistad. Ella le insiste quizás qué con la mitad de una sonrisa asomada en los labios color rojo y él se niega con ganas de reir, de todas formas ella sabe que él no aceptará, pero le gusta insistirle y daría mares por hacer ese momento infinito. El metro se eleva y el día nublado y lloviznante se asoma por cada rincón del lugar, ella se cuadra el chaleco fucsia que traía amarrado del bolso y él se acomoda el audífono del celular para seguir escuchando música.

Se sonríen y se sientan en el suelo, ella se rinde, sabe que él no aceptará haga lo que haga. Él comienza a tocar batería en el aire, llamando la atención de más de alguna persona que, ahogada por el olor viciado de los vagones, se encuentra en el mismo lugar y hora que ellos.

Las estaciones pasan sin tregua, ella maldice en sus adentros a los nuevos recorridos de Ruta Verde y Ruta Roja por hacer el viaje más corto y quitarle el precioso tiempo que comparte con su mejor amigo. La tarde fría, aunque cálida, (¿Quién comprende eso?, ni ella lo hace pero se le viene a la cabeza en el momento) transcurre tranquila entre risas y piernas entrelazadas, cosquillas en las rodillas, una cabeza descansando sobre un hombro y canciones nuevas que él le presenta a su compañera con el afán de hacerla partícipe de la música que él tiene inyectada en la mente. Se cruzan una que otra mirada cargada de emociones y pensamientos que las palabras no pueden expresar. La gente en el tren los mira de vez en cuando por las risas que rompen el silencio del lugar, quizás alguno recordará una amistad de juventud como la de ellos, otros sentirán esa solemne alegría que da al ver dos personas con las energías que ellos transmitían y uno que otro apostaba con risa a que de un momento a otro algún celular de cualquiera de los dos sonaría rompiendo el ambiente sempiterno y etéreo que las miradas de ambos habían construido.

Santa Ana, hay que hacer el transbordo ya. Él se pone de pie y le ofrece las manos a ella para pararla, pero ella lo mira con una sonrisa en la cara y sin esfuerzo alguno se pone de pie, se acomoda el bolso y caminan por la puerta del vagón perdiendose entre la masa de gente sudorosa y molesta que frecuenta el metro en el horario punta.

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