- Gabriel García Márquez

domingo, 20 de febrero de 2011

Lonas desgastadas


El sol les pega fuerte en el rostro. Pleno verano (mediados de Enero) en la novena región, que aunque famosa es por las lluvias, en verano es terriblemente calurosa. El uno la mira a través de los lentes Ray ban y ella le devuelve la mirada, buscándole los ojos pardos escondidos tras las gafas oscuras. El tercero mira al Bio-bio, padre de todos los ríos como le había indicado un pewenche que habían conocido en Los Ángeles, tranquilo en el puente que separa Santa Bárbara de Quilaco.

Llevaban por lo menos unos 2 meses viajando por el sur de Chile. Eran tres: dos y una al principio, dos patiperros de 24 años que se pusieron de acuerdo para recorrer Chile su país desde Arica a Punta Arenas durante todo el tiempo que esto les tomase y ya llevaban 2 meses desde que pisaron Punta Arenas. Eran ya muy amigos; todo lo mucho que se pueden llegar a querer 2 personas a fuerza de ayunos y la vista en conjunto de los paisajes más bellos presentes en el sur de Chile que, gracias a la travesía que habían emprendido, pudieron compartir. Y una, que se la fueron a encontrar en un bar perdido en Castro, una chiquilla de 23 años que también se había propuesto recorrer su bello país de cabo a rabo. Bastaron así sólo un par de conversaciones, un “¿Cómo te llamas?” y un “Entonces andamos en las mismas” para que los tres decidieran unir sus lonas en un destino en común.

Montserrat se llamaba ella. Penquista de nacimiento pero de alma nómada, una mujer no muy distinta a las ilustraciones de las mujeres autóctonas del Sur de Chile, aunque de rasgos más delicados y gestos más finos. Montserrat era una mujer tan bella como libre. Su piel dorada, cuna de tantas aventuras nocturnas y sus grandes ojos oscuros junto con el olor a vainilla que se desprendía de su largo y liberal cabello café oscuro además del olor a Raulí de su piel siempre fueron la combinación perfecta, junto con su carácter cordial y sagaz y su humor astuto y sociable, que le permitieron hacer cuanto quiso. Ahora había partido con un vestido, dos mudas de ropa interior, dos poleras, traje de baño, documentos, sus pantalones cortos y sus jeans. Se echó el saco de dormir a la espalda y calzó sus chapulinas amarillas para partir en un incierto destino que esperaba fuese excelente. Se encontraba entonces, a su segunda semana de viaje, en el bar “La estrella” de Castro tomándose un ron cola frío y cantando “Por un beso de la flaca” que sonaba de fondo en el antro.

Teodoro y Alejandro eran los otros. Teodoro llevaba su ridículo nombre con orgullo. No había escogido llamarse así, claramente, su madre le había nombrado así en honor a su abuelo y a pesar de haber odiado su nombre durante toda su adolescencia ahora le venía a gustar. “Después de todo, tiene diminutivos sensuales” solía decir “Como Ted para las chicas o Teo para los compadres” aunque sus amigos de todas formas preferían llamarlo con la más cantarina de las voces ¡Teoodooorooo!, Y después de todo, tantas bromas y jugarretas forjaron en él un carácter divertido y astuto, que combinado con la valentía innata que había heredado de su padre y la lealtad a las personas que su madre le había inculcado de pequeño lo hacían ser el tipo de amigo que cualquiera quisiera a su lado. Él era un tipo apuesto además: alto y macizo, de brazos fuertes y espalda ancha. De piel lisa color tostado playero y una sonrisa capaz de seducir a quien sea que él se propusiera. El detalle, sin duda, más vistoso en él era el cabello rasta largo que cuidaba desde muchos años y que llevaba siempre amarrado con pañuelos de distintos colores de los que ya había perdido la cuenta de cuantos tenía. Al momento en que decidió empacar para partir no dudó en invitar a su amigo del alma Alejandro, quien, gustoso aceptó y sin más que dos tenidas para cambiarse cada uno y sus propios sacos de dormir partieron desde Curicó a Punta Arenas para recorrer su país como se debe.

Alejandro complementaba a su loco amigo Teodoro. Se conocían desde el colegio y se dispusieron a mochilear sin muchos bienes ni dinero de sobra. El era más serio que Teodoro, había hecho el servicio militar (por obligación) y su carácter cambió totalmente luego de atravesar por última vez la puerta del regimiento, con un temple de acero y un estado físico que decidió conservar junto con el pelo corto y la cara afeitada magistralmente que le obligaban a tener en el servicio. Él, a diferencia de Teodoro que disfrutaba de la eterna soltería, dejaba a su novia en Curicó con la promesa de volver para ser sólo de ella y además le prometió que a su casa llegarían postales cada semana. Y en eso estaban en Castro un día viernes por la noche en un bar con Jarabe de Palo de fondo: él escribiendo algunas palabras de amor en una postal con una imagen de las casas de Palafitos de Chiloé y Teodoro con la cabeza apoyada en una mano mirando a una chiquilla morena que en la barra tarareaba el tema de fondo mientras tomaba quizás que trago.

_ ¡Teoodoooroo! – Canturreó Alejandro con una media sonrisa dibujada en el rostro mientras levantaba la cabeza de lo que escribía
_ ¡¿Qué querís weón de mierda?! – Le respondió Teodoro luego de dar un salto en la silla y salir desde el estado de ensoñación con el que miraba a la morena de la barra tomarse el pelo pausadamente
_ Límpiate las babas tonto weón – terminó un párrafo y con una carcajada comenzó a escribir otro
_ ¿Cómo hacís para que las postales no te salgan todas iguales?
_ Love, love, love – Tarareó Alejandro una canción de Mika que sonaba de pronto de fondo – Anda de viaje – dijo luego de lanzar una mirada rápida al lugar en que miraba su amigo
_ ¿La Cristina? – Preguntó Teodoro pensando en la novia de su amigo
_ La morena de la barra, pringao
_ ¿Podríamos? – Al rasta se le iluminaron los ojos
_ Como quieras – Respondió a cualquier duda Alejandro

Y así fue como incluyeron al viaje a Montserrat luego de que Teodoro captara su atención con un “Oye flaca” con la más profunda de sus voces. Así comenzaron unos días más tarde a cantar los tres distintos temas de Jarabe de Palo de los que podían acordarse mientras mochileaban por la Ruta 5, dejando atrás distintas ciudades y lugares de Chile. Hubo quien los vio un día en Ancud lavando en cualquier parte las pocas prendas que traían consigo y al poco tiempo en Puerto Montt hubo quien escucho a Alejandro llamar a Montserrat con cariño “India” tanto así como hubo quienes vieron al rasta cantarle a la morena “Por un beso de la flaca” al oído mientras ella solo reía y trenzaba su cabello.

“No entiendo ésta weá” Susurró para sí Alejandro apoyado en la baranda del puente mientras miraba a la India tomarse el pelo en una cola alta al tiempo en que Teodoro parecía querer hacerle entender algo “No lo entiendo weón”

A la semana de partir hubo quien los vio en Osorno bailar bajo la lluvia y lanzarse barro como niños para luego irse a bañar sin ropa al primer río que encontrasen sin siquiera saber el nombre de éste. En Valdivia hubo algún cuidador de bodegas que les dio un café caliente y los dejó dormir acurrucados bajo techo las noches de lluvia tanto como hubieron provincianos que los vieron reír echados en el pasto cantando “Bonito”.

Pero sea dónde sea que estuviesen desde el principio de su viaje hasta avanzados los días de recorrido no hubo nadie en el mundo que viera a la India y a Teodoro arrancarse a los roqueríos o a los rincones anónimos de las bodegas que frecuentaban para jugar a hacer el amor la noche entera. Así fue como la India descubrió que le fascinaba la forma en que su nuevo amante le besaba el cuello y Teodoro comenzó a ansiar la forma en que el cuerpo de la flaca se revolvía bajo el suyo cada vez que – casi simultáneamente – llegaban al primer orgasmo.

_ Montse entiende… - Repetía Teodoro sin creérselo él mismo
_ Entiendo – Le cortó ella, y al haberse amarrado el pelo una mezcla de olor a vainilla de su pelo y a raulí de su piel golpearon la nariz del rasta.

Cuando llevaban casi 5 semanas de viaje y sus lonas gastadas habían ido a parar a Temuco, un día cualquiera estando Montserrat y Teodoro sentados en la plaza mirando el imponente monumento a la Araucanía mientras que Alejandro buscaba donde conseguir cigarros, Teodoro se la quedó mirando fijamente. Durante el día eran amigos y por la noche nacían los amantes, condición que ellos mismos se impusieron a pesar de que Alejandro sabía todo lo que pasaba. “¿Qué?” susurró Montserrat devolviéndole la mirada a su acompañante. “No me quieras flaca” le contestó él sin dejar de mirarla “No lo hagas” volvió a decirle con una expresión que ella jamás había visto en su vida. La India, contrariada, miró al frente y guardó silencio “Me parece que ya es demasiado tarde” le respondió luego y cerró la conversación sin darle mayor importancia.

Así continuaron conociendo pueblos pequeños en estadías pequeñas mientras planeaban llegar a Los Ángeles no sin antes pasar por Angol, para luego subir a Santa Bárbara. Pasaron por Lautaro, Victoria, Inspector Fernández y Francisco de Purén entre otros pueblitos más en los que iban haciendo diversos trabajos a quienes fuera para ganarse, un desayuno, un almuerzo o una cena. Quizás una noche en un granero o un baño caliente para luego partir a la 5 Sur y esperar el aventón de algún camionero amigo con ganas de hablar. Y así fue que la ciudad de Los Ángeles un día se les impuso grande e inmensamente poblada frente a sus ojos curiosos.

Alejandro tomó una piedra y la tiró al río. Ésta cayó por el alto puente hasta encontrarse con el agua azulina. Volteó y vio los ojos de la India volverse así como gélidas piedras escudando quizás un corazón herido.

La plaza de Los Ángeles se les antojó una de las más bellas de las que ya habían visitado, y aunque el mercado no parecía tan estructurado como el de Temuco, seguía siendo acogedor y más aún para un trío de estómagos hambrientos a los que un suculento plato de pescado frito se les presenta.

Recorrieron Los Ángeles cuanto quisieron. Por las noches armaban en la rivera del río una carpa que Alejandro había logrado adquirir en una tienda de segunda mano que aunque destartalada y pequeña, los protegía del viento y los insectos que los arrasaban sin compasión siempre que podían, y antes de cerrar el cierre de la carpa dejaban las lonas fétidas reposando afuera. En un costado las verdes de Alejandro, al centro las amarillas de Montserrat y al otro lado las rojas de Teodoro, cuales gondwaneros en honor al reggae. Hubo noches en que destapaban distintas botellas de alcohol que Alejandro conseguía de quizás donde y se quedaban tomando toda la noche hasta no poderse el cuerpo.

Cuando Los Ángeles les aburrió salieron a la carretera y con la ayuda de un cuarentón buena onda que iba a Santa Bárbara a ver a su mamá lograron llegar al famoso pueblito declarado capital de la miel en plena semana de actividades de verano. No era un pueblo muy grande, de esos en que todos se conocen entre todos, en el que fue una novedad que unos mochileros afuerinos llegaran y en donde causó conmoción que planease armar una carpita destartalada en la rivera del Bio-bio para dormir, así que entre todos, con la mayor de las atenciones los acomodaron en dos piezas en el fondo de la parcela de un humilde huaso rico que tenía vacas lecheras por docenas y extensos trigales a la orilla del camino. “Una pieza para los dos muchachos” dispuso la esposa del hombre, “y la otra para la chiquilla”. Y ya acomodados les mandó a llevar una bandeja con 3 humitas para cada uno y una fuente de ensalada de tomate, una Coca-Cola grande y tres vasos para cada uno.

Así los atendieron a donde sea que fueran, durante el día conocían gente en el centro del pueblo, quienes los invitaban a almorzar para conversar sobre los viajes que hacían y recomendarles lugares para visitar durante la incierta estadía que tendrían en el pueblo. Y por las noches iban a la placita ya que siempre encendían las luces y ponían mesas de Ping-pong – deporte en que durante el servicio Alejandro se había hecho un experto – O bien armaban un escenario y con un micrófono y parlantes a todo lo que da hacían karaokes hasta las tantas de la madrugada. Y más tarde aún, cuando ya todo el pueblo dormía, Teodoro se escurría a la pieza de Montserrat para hacer el amor hasta que la luna se perdía en el horizonte.

Un día los sorprendió una lluvia que pareciera que el mundo se fuera a acabar y decidieron quedarse en sus madrigueras, las piezas se llovían por las orillas y no tardó el suelo de cemento en llenarse de agua. Entonces los tres se encaramaron en las camas de Alejandro y Teodoro que estaban al centro de la habitación haciendo una cama de dos plazas, y comenzaron a brindar por lo que sea con un Ron de 2 litros que Alejandro había conseguido haciendo trueques en Temuco. No tardaron, entre risas y verdades, en emborracharse y las horas se les fueron volando sin darse cuenta.

Alejandro se dio vuelta hacía el río y lo contempló en silencio, comenzaba a molestarle ya la situación.

Teodoro dentro de su alcoholizado estado no pensaba ya en incomodar a Alejandro expresándole a Montserrat cuanto quería expresar. Y así fue que posó su mano y como con ternura acariciaba el muslo de ella mientras dormía sobre la cama de él, medio envuelta con una frazada de lana. Alejandro se lo quedó mirando con gracia, sabía muy bien todo lo que hacían casi todas las noches de viaje, solían hablar de aquello y Teodoro le contaba con todo y pormenores cada detalle y esas conversaciones siempre las cerraba refiriéndose a ella como “Nada más que carnes”.

_ No es más que carnes – Repitió Alejandro lo que tantas veces le había dicho su amigo, ahora con una pronunciación que apenas se entendía
_ No lo sé – Contestó Teodoro mientras la miraba dormir
_ Así veo – dijo Alejandro empinándose lo que quedaba de la botella de ron
_ De según como se mire todo depende – Canto Teodoro la canción de Jarabe de Palo

“Pasado mañana partimos a Alto Bio-bio” dijo como pudo el rasta mientras que se acomodaba al lado de la India bajo la frazada de lana “Mañana no nos podremos la caña” susurró para cerrar la conversación. Montserrat dentro de su sueño suspiró y se aferró al pecho tibio de Teodoro mientras susurraba quizás qué. “¿Qué pasa mi flaquita?” Le dijo él al oído, “Bésame” le contesto ella entre sueños sin siquiera abrir los ojos. “Todo lo que quieras mi amor” continuó Teodoro buscando su cuello, ella gimió y escondió luego su cabeza en el pecho de él “Te adoro mi flaquita rica” fue lo último que escuchó Alejandro antes de caer dormido. El rasta la abrazó fuerte y bajo la frazada acarició su espalda hasta dormirse. Ya no sabían si era de día o de noche, sólo estaban conscientes de que llovía a chuzos afuera y que ellos eran los únicos habitantes en el mundo.

Fueron a despertar a las dos de la tarde el otro día con un hacha enterrada en la cabeza y una sed que los mataba, ya no llovía pero la pieza seguía inundada. Esperaron hasta las 5 cada uno acostado en su cama, el día no estaba ni frío ni caluroso y para cuando se levantaron el dolor se calmaba, así que bajaron al río a refrescarse, ninguno recordaba exactamente cuales habían sido las palabras vertidas durante la borrachera, pero si quedaban los fantasmas de un “Te adoro” y de un “Quédate conmigo”, frases que murieron en el olvido. Aquella noche, cuando Teodoro se infiltró en la habitación de Montserrat, donde ella lo esperaba, el juego previo a la cópula no fue lujurioso ni bestialmente carnal, sino que sobre la cama se encontraron por primera vez dos humanos vertiendo sentimientos por cada poro, aquella noche Teodoro le besó el cuello a Montserrat dejándole sabores que ella jamás había experimentado, sabores azules, melancólicos y sempiternos, y cuando sobre ella le hacía el amor no dejaba de mirarle a los ojos como si en cualquier momento fuese a esfumarse cual bella ilusión. Aquella noche, él demoró en llegar al orgasmo más de lo que comúnmente le tomaba, y cada beso que le regalaba a ella le dejaba un sentimiento de necesidad cada vez más insoportable, al punto de haberlo empujado al borde del llanto en más de una ocasión. Aquella noche y por primera vez, Teodoro no volvió a su propia cama luego de haberle hecho el amor a Montserrat, sino que se quedó aferrado a su espalda firmemente para no dejarla escapar así se acabase el mundo o el mar se levantara para llevarse hasta a el último ser humano en la tierra.

Partieron al otro día a pie desde las piezas, con hasta el último de sus bultos, hacia el alto puente que separa Santa Bárbara de Quilaco, planeaban llegar a éste y luego hacer dedo hasta que algún camionera buena persona los llevase hasta Alto Bio-bio, el día estaba caluroso y luego de una gran caminata lograron por fin llegar al comienzo del puente. El trayecto fue extraño, silencioso, como si algo fuera a pasar. “Algo va a pasar” estaba segura la India, y su sospecha se confirmó cuando Teodoro se detuvo frente a ella en el comienzo del puente y Alejandro, en silencio, se alejó a una de las barandas que daban al río en todo su esplendor.

_ Oye flaca – rompió el silencio de pronto Teodoro - ¿Te acuerdas de lo que te dije en la plaza de Temuco?
_ Sí – contestó ella, comenzaba a comprender que nada bueno pasaría.

El sol les pega fuerte en el rostro. Pleno verano (mediados de Enero) en la novena región, que aunque famosa es por las lluvias, en verano es terriblemente calurosa. El uno la mira a través de los lentes Ray ban y ella le devuelve la mirada, buscándole los ojos pardos escondidos tras las gafas oscuras. El tercero mira al Bio-bio, padre de todos los ríos como le había indicado un pewenche que habían conocido en Los Ángeles, tranquilo en el puente que separa Santa Bárbara de Quilaco.

_ Se nos fue de las manos
_ Claro – dijo ella y vino a entender la tristeza de sus ojos la noche anterior – Te estás despidiendo
_ Es que flaca – Continuó sin saber que decir, ella comenzó a tomarse el pelo

“No entiendo ésta weá” Susurró para sí Alejandro apoyado en la baranda del puente mientras miraba a la India tomarse el pelo en una cola alta al tiempo en que Teodoro parecía querer hacerle entender algo “No lo entiendo weón” Repitió para sí mismo. Sabía lo que su amigo hacía pero no estaba de acuerdo con las razones.

_ Montse entiende… - Repetía Teodoro sin creérselo el mismo
_ Entiendo – Le cortó ella, y al haberse amarrado el pelo una mezcla de olor a vainilla de su pelo y a raulí de su piel golpearon la nariz del rasta – No te quieres enamorar
_ Es que – dijo Teodoro quitándose las gafas – Allá en Castro no me quería enamorar de la morena de la barra – las dobló y colgó de la musculosa negra que traía, sus ojos seguían melancólicos – Aquí llegué enamorado de Montserrat
_ Razón y piel difícil mezcla – Entonó ella el tema de Jarabe de Palo “Agua”
_ Más o menos – le contestó él. Le miró los ojos a la India y los descubrió débiles, hizo un ademán de acariciarle una mejilla, pero ella quitó el rostro y desvió la mirada

Alejandro tomó una piedra y la tiró al río. Ésta cayó por el alto puente hasta encontrarse con el agua azulina. Volteó y vio los ojos de la India volverse así como gélidas piedras escudando quizás un corazón herido.

_ Supongo que no habrá mucho más que hablar – Terminó diciendo ella luego de guardar silencio. Teodoro buscó sus ojos y encontró un par de hielos totalmente desconocidos, ella no le rogaría por amor, aunque quizás así su voluntad se habría quebrado – Después de todo Romeo y Julieta no eran de éste planeta
_ Con Jarabe de Palo nos conocimos y ellos cantan nuestro adiós – dijo para sí Teodoro

Alejandro se dio vuelta hacia el río y lo contempló en silencio, comenzaba a molestarle ya la situación.

_ Dame un beso – Terminó diciendo la India
_ Flaca, no

Un beso mandaría a la mierda la voluntad de Teodoro, un beso lo despojaría de su seguridad, lo haría rogar más. Un beso de esa mujer no lo dejaría dormir por milenios y lo obligaría a arrastrase por los mimos etéreos de Montserrat.

_ Sólo uno – le insistió ella mientras una de sus manos jugaba en la mejilla de él

Un beso que sería fatal para su voluntad. “No” susurró él mientras que no podía evitar acercar sus labios a los de ella. “El último” susurró ella mientras que le buscaba la boca a Teodoro. Él intentaba rehuir de las caricias de ella, y aún así depositó las manos en sus caderas, el roce de sus labios en su rostro era la sentencia para cualquier intento o intención. Por fin ella le encontró la boca luego de recorrer en una caricia acaramelada su nariz, y le rodeó la cara con las manos mientras que en una respiración pronunciaba su nombre, se dieron un beso con matices ambiguos y melancólicos, ella depositando el amor que sentía por él en cada movimiento junto con un “No me dejes” y él con el arrepentimiento a flor de piel por permitirle a ella ser la futura causa de sus desvelos y su tristeza. Pero la necesitaba y la necesitaría por mucho tiempo si es que no la tenía. Y comenzó a desesperarse al saber que la iba a perder, así se aferró a su cuerpo como la noche anterior, tan fuertemente que a ella se le arrancó un gemido de los labios. “No me sueltes” le susurró ella mientras se prendía a su cuello, y ambos pintaron el beso que se daban de colores desesperados, de necesidad y urgencia. “No me dejes” Les habrá oído el viento decirse mientras se perpetuaban mutuamente en sus historias de vida con el beso más largo y que más hondo les ha calado. Un “Te amo” habrán soltado al aire y mientras sus respiraciones se calmaban, él apoyó sus manos en los hombros de ella y la India las posó en el pecho de él sintiéndole en el lado izquierdo el corazón latir fuerte y rápido. El beso terminó así como había empezado: despacio y cargado de diversos sentimientos, aunque ésta vez dulces, tranquilos. Montserrat puso una de sus manos en el cuello de Teodoro y él bajó sus labios al cuello de ella para regalarle una última caricia antes de que partiera. Así se miraron fijamente por un buen tiempo y ella terminó por dar media vuelta para ir a buscar su mochila donde Alejandro, que con un cigarro en la boca perdía su vista en el río Bio-bio.

_ Así que hasta aquí llegamos India – dijo Alejandro al oírla llegar, tomó la mochila de ella y se puso en su espalda – Te ayudo
_ Gracias – Le contestó ella mientras, una vez que tenía la mochila puesta, se disponía a buscar un poco de dinero para tomar una de las destartaladas micros que pasaban por ahí para que la llevasen a Los Ángeles. Se dio media vuelta y se quedó mirando a Alejandro con cariño – No sé qué decirte Ale
_ A lo mejor nos volvemos a encontrar por ahí
_ Chile es muy grande
_ Ojala lo hubiéramos podido recorrer entero contigo

Suspiraron

_Cuida que se le sane el corazón – dijo Montserrat mirando a Teodoro limpiar sus gafas
_ ¿Y el tuyo?
_ El tiempo se hará cargo – contestó ella y miró a Alejandro, cada uno dio un paso adelante y se abrazaron con cariño
_ Cuídate India Araucana – Le dijo Alejandro y le besó la frente – Ojala hubiéramos andado con los celulares
_ Pero es mejor así – dijo ella y con cariño el tomó la mano, como solían hacer cuando caminaban por la 5 Sur mientras cantaban Jarabe de Palo
_ Si tú lo dices – Le respondió él y le tomó la otra mano – Como vas, como lo ves… - Cantó él
_ Tu veleta y la mía señalan rumbos distintos
_ Como vas como lo ves…
_ Tu maleta y la mía viajan en vuelos distintos – terminó ella y le sonrió

Alejandro se cuadró así como en el servicio debía hacer y luego con una sonrisa lo hizo la India. Luego se volteó y se cuadró ante Teodoro que, a unos pasos más allá no dejaba de mirarla, él le devolvió el gesto y luego de lanzarse una última mirada mutua ella corrió a un paradero cercano al que se acercaba una micro con rumbo a Los Ángeles, se subió y seguido de pagar el pasaje se sentó en un asiento a la ventana por el lado del puente en que estaban Alejandro y Teodoro. El primero sentado en la baranda del puente despidiéndose con la mano de la micro y Teodoro con las gafas puestas y gesto solemne sin despegar la vista del lugar donde ella estaba. Pudo ver su postura rígida, sus labios serios y casi chocaba con sus ojos pardos cubiertos por los lentes oscuros. Pudo verlo por fuera y hasta en su interior el revoltijo de emociones que debía tener, pero lo que no pudo ver fueron sus mejillas bañadas en lágrimas ni pudo ver ojos tan hinchados como los tenía él.

La micro partió dejando atrás largas semanas de viajes por algunos de los rincones más bellos de Chile, así como noches llenas de placer, días repletos de risas y dejando vacío el hueco del medio de las sucias lonas gondwaneras. Partió dejando atrás a un Alejandro triste y a un Teodoro destrozado. Y a medida avanzó la micro las lágrimas que había reprimido se le escaparon a borbotones a una Montserrat muerta de amor.

La radio del vehículo se encendió, obra del chofer, y de fondo se encontraba una vez más Jarabe de Palo tocando ésta vez “Dos días en la vida”.

domingo, 13 de febrero de 2011

sábado, 12 de febrero de 2011

Antes de que sea demasiado tarde

Mamá se olvida de que una sigue respirando.

Supongo que habrá llegado la hora de tomar los suspiros que me quedan y salir por la puerta trasera.

¿Importa?

Mi padre preguntó: ¿Eres gay?
Yo pregunté ¿Importa?
Dijo no, no realmente
Le dije que si lo era.
Y dijo: ¡Fuera de mi vida!
Creo que si importaba.

Mi jefe preguntó: ¿Eres gay?
Le pregunté ¿Importa?
Dijo no, realmente no.
Le dije: Si lo soy.
Me dijo: ¡Estás despedido!
Creo que si inportaba.

Mi amigo preguntó ¿Eres gay?
Yo pregunté ¿Importa?
Dijo: No, en verdad no.
Dije: si.
Me dijo: No me llames tu amigo.
Creo que si inportaba.

Mi pareja preguntó ¿Me amas?
Le pregunté ¿Importa?
Me dijo: Si.
Le dije: Si, te amo.
Y dijo: Dejame abrazarte.
Por primera ves en mi vida, algo importaba

Dios me preguntó ¿Te quieres?
Yo le pregunté ¿Importa?
El dijo: Si.
Y yo le dije: ¿Como puedo quererme si soy gay?
El dijo: Así es como te hice.
Desde entonces nada volvió a importar.


"Madurez es el arte de vivir en paz con situaciones que no podemos canbiar o tener el valor de cambiarlas cuando las circunstancias así lo exigen".



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Ya, me impactó, debo decirlo, llegar a éste poema en un blog que no sé si estará olvidado, al que llegué en cirscuntancias que me avergüenza profundamente decir. Por eso es, claro, que lo tomo y lo publico. No es mío.. siempre envidiaré al poeta por la facilidad que tiene de escupir estrofas empapadas de la realidad vestida de distintos colores y texturas, supongo que me quedaré hasta el fin de los tiempos vomitando párrafos llenos de sentimientos y pensamientos que voy encontrando en el camino.

Lo subo así tal cuál estaba, con sus faltas de ortografía y su profunda simpleza cautivadora.

jueves, 10 de febrero de 2011

En el metro y esas cosas

Se cruzan ambas miradas, llenas de significados y sentimientos, llenas de cariño y amistad. Ella le insiste quizás qué con la mitad de una sonrisa asomada en los labios color rojo y él se niega con ganas de reir, de todas formas ella sabe que él no aceptará, pero le gusta insistirle y daría mares por hacer ese momento infinito. El metro se eleva y el día nublado y lloviznante se asoma por cada rincón del lugar, ella se cuadra el chaleco fucsia que traía amarrado del bolso y él se acomoda el audífono del celular para seguir escuchando música.

Se sonríen y se sientan en el suelo, ella se rinde, sabe que él no aceptará haga lo que haga. Él comienza a tocar batería en el aire, llamando la atención de más de alguna persona que, ahogada por el olor viciado de los vagones, se encuentra en el mismo lugar y hora que ellos.

Las estaciones pasan sin tregua, ella maldice en sus adentros a los nuevos recorridos de Ruta Verde y Ruta Roja por hacer el viaje más corto y quitarle el precioso tiempo que comparte con su mejor amigo. La tarde fría, aunque cálida, (¿Quién comprende eso?, ni ella lo hace pero se le viene a la cabeza en el momento) transcurre tranquila entre risas y piernas entrelazadas, cosquillas en las rodillas, una cabeza descansando sobre un hombro y canciones nuevas que él le presenta a su compañera con el afán de hacerla partícipe de la música que él tiene inyectada en la mente. Se cruzan una que otra mirada cargada de emociones y pensamientos que las palabras no pueden expresar. La gente en el tren los mira de vez en cuando por las risas que rompen el silencio del lugar, quizás alguno recordará una amistad de juventud como la de ellos, otros sentirán esa solemne alegría que da al ver dos personas con las energías que ellos transmitían y uno que otro apostaba con risa a que de un momento a otro algún celular de cualquiera de los dos sonaría rompiendo el ambiente sempiterno y etéreo que las miradas de ambos habían construido.

Santa Ana, hay que hacer el transbordo ya. Él se pone de pie y le ofrece las manos a ella para pararla, pero ella lo mira con una sonrisa en la cara y sin esfuerzo alguno se pone de pie, se acomoda el bolso y caminan por la puerta del vagón perdiendose entre la masa de gente sudorosa y molesta que frecuenta el metro en el horario punta.