- Gabriel García Márquez

jueves, 20 de mayo de 2010

Prometeme que en un tiempo más volverás

El sol le llegaba reconfortante a la cara, tenía frío, estaba congelada y habría dado lo que sea por un abrazo, de todas formas, no había nadie que se lo diera así que se quedaría cobijándose sobre esa banca, pegada a la pared y con el sol en la cara. El lugar estaba lleno de gente al rededor de la mesa ping-pong, todas personas que ella conocía y tenía algún grado mínimo de estima pero que a la hora de conocerla no sabían nada sobre su vida, ni mucho menos sobre ella. Nadie quería violar el bello templo de su soledad, la inmortalidad de su mirada perdida en el vacío ni la hermosura en su tristeza.

En éstos momentos en que el pasado y el presente golpean con rabia mi memoria y la endeble estabilidad que he intentado construirme, me "libera" por así decir alguna palabra, el hecho de poder refugiar mi existencia entre las letras que tanto han sabido comprenderme.

Ciertamente la posibilidad de mutilarme a mi misma y caer en mis hábitos autodestructivos me parece tan atractiva como la de acabar con todo. Pero si he estado a punto de ahogarme y me salvé, si vivo de cruzar las calles osadamente sin que me haya rozado jamás un vehículo, si no me entró ninguna infección mortífera en los cortes que me procuré con tanta furia y excitación enferma y si me cayó una bala al lado en la cama sin haberme matado de una vez es porque estoy anclada a esta tierra por alguna razón, me gustaría descubrirla pronto. Mientras tanto la enfermedad seguirá en mi como un huésped jamás bienvenido.

Preferiría lanzarme al acantilado de mi alma antes que mirar sus ojos y ver mi silueta reflejada en ellos rogando un poco de su atención.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Self titled

Daba igual, daba igual la lista los proyectos sus integrantes o los argumentos, miraba deseosa de robarle un beso a sus labios pálidos mientras que sus ojos oscuros ni se dignaban a mirar al frente, yo simplemente vegetaba considerando la posibilidad de salir corriendo lejos y perderme en algún lugar donde su rostro no se me viniera a la mente.

Gritaba por un poco de su atención, quizás dos segundos en los que se dignase a mirarnos, pero ahí seguía, con la mirada perdida en la ventana, la cabeza sujetada por su brazo y con alguna sonrisa lejana dibujada en el rostro. Definitivamente todo le daba igual, yo no sabía hacer otra cosa más que observar su figura, con adoración, y con ansias desesperadas quería desaparecer.

Y era mi turno de hablar. TE AMO, DEMONIOS le habría gritado pero el sentido común me lo impidió y una vez más comencé mi discurso sobre nuestros derechos, de memoria practicamente, con la misma entonación, los conectores y el brillo forzado en los ojos que supe repetir más de una docena de veces. Y a la hora en que éste había terminado ahí me veía preguntando si alguien tenía alguna duda. No hubo ninguna y el silencio dictaminó la hora de nuestra retirada.

Ciertamente, las voces se perdieron lentas y solemnes mientras que mi mente me arrastraba al infierno.