- Gabriel García Márquez

lunes, 31 de marzo de 2014

Jacinta

Anoche soñé contigo. Era un sueño genial, pero duró muy poco. Estaba en un dormitorio muy iluminado, de una casa en que viví antes, sobre una cama, acompañada, con la puerta abierta y se asomaban cada cierto tiempo distintos perros de los que han habido y hay aun en la casa. Poco y nada me importaban la verdad, yo los miraba de reojo y seguía en lo mío.
De pronto te apareciste tu, así despacito como lo hacías cada vez que llegabas a un lugar y me mirabas directo a los ojos.. así como siempre lo hacías Jacinta, y yo sentí una felicidad tan grande en mi sueño, tan grande, que de solo recordarlo se me aprieta el corazón aquí sola mientras lo escribo.
Entonces en mi sueño yo saltaba de la cama y me precipitaba a tu calorcito, te hacía cariño y te abrazaba fuerte, así como siempre lo hacía, tu tenías el olor de siempre, tu pelo era el de siempre y el brillo de tus ojos, el que nunca más he vuelto a encontrar, era mi Jacinta, el de siempre.
Y me sentía bien en mi sueño, me sentí completa de nuevo, a pesar de que en él sabía que no te veía desde hace mucho tiempo. Estaba consciente de que algo te había pasado, y también sabía en el sueño que no te volvería a ver en mucho tiempo más.
Desperté muerta de rabia por la alarma, sintiendo que me habían sacado del sueño más valioso que he tenido en mucho tiempo, con lágrimas en los ojos y extrañándote.
Aunque bien, en realidad, no he dejado de extrañarte nunca Jacinta.

viernes, 7 de marzo de 2014

Diferente


Dejamos de hablar. Te dejé de hablar un día entre tibio y caluroso, muerta de amor, porque tus besos ya no eran lo que solían ser para mi. Tu te quedaste ahí, algo triste y muy resignado de que la vida te pasase por encima mientras estabas sentado en la silla de tu habitación, fumando tabaco en pipa.

A mi la vida me quiso pasar encima, y de pronto me monté sobre ella, a ras de piel, como un caballo al que se le quita la montura y se lo doma solo al contacto de su lomo suave y firme. Me llene de responsabilidades, de amigos y de letras, me llené de poesía sin ti. (Esos malos hábitos de escribir poemas cuando se extraña con el alma) Te extrañaba un poco a veces, a veces por montones, y lloraba de tanto en tanto porque si, a pesar de todo solía extrañar tus besos.

Así se fueron pasando los meses, yo llena de metas por cumplir y esfuerzo que hacer. El invierno se pasó entre viajes húmedos en el metro y las sopaipillas del carrito del paradero. El otoño me recordaba a nuestro amor fugitivo que se escondía entre la luz húmeda de un cobertizo polvoriento y el café cortado que nos hacíamos para el frío. El invierno eran mis guantes en tus manos, tus sombreros sobre mi cabeza. Ya no quedaba nada de eso, quedaba mi amor que se desangraba y las hojas amarillas cayendo de los árboles.

Llegó la primavera. No es que yo hubiese vuelto a florecer precisamente, el año me dejó agotada aún sin terminar.

A fin de año me encontré con todo lo que quería resuelto, con un vacío dentro de mi alma por mi Jacinta, y con pruebas importantes por rendir aún. En fin, el tiempo pasó, pasaron las estaciones y la vida vuela. El año se fue a terminar una noche cálida en la casa de mi abuelita.

R, se me ocurrió volverte a hablar pasado febrero, cuando tenía hasta otro amor y toda mi vida andando de maravilla. Tu me dijiste que me habías echado de menos y que me tenías un regalo que me habías prometido en una navidad de hace unos años. Pasamos un año sin hablar y mi vida había cambiado totalmente. ¿Y tú? Bueno, tu seguías ahí, algo triste y muy resignado de que la vida te pasase por encima mientras estabas sentado en la silla de tu habitación, fumando tabaco en pipa.