
El día estaba heladísimo, la micro paró y yo, en mi acostumbrado puesto en la esquina de atrás miraba por la ventana al paradero. Quien sabe, hay días en que te encuentras personas soñando despiertas mientras esperan quien los lleve y así mismo algun ser humano desilucionado al ver el número inútil del recorrido de la micro que acababa de pasar o con cara molesta al ver que no les paró justo la que necesitaban. Hay días que ves cosas que te hacen gracia, como una vez ví yo a un joven con el dedo en la nariz y luego mirarme riéndose, y otros en que el paradero no te proyecta esa película entretenida que te esperas ver en el recorrido diario que una está obligada a realizar.
La micro llegó al paradero de la Plaza de Puente y la gente comenzó a subir como de costumbre.
Ahí, vi de pronto, en la vereda, un hombre modestamente vestido y de no gran estatura que empujaba con su mano la cara de un perro negro grande que estaba sentado a su lado, como si fuera de pronto a pegarle. El perro le lanzaba de pronto un mordisco o intentaba agachar la cabeza pero él seguía insistiéndole con la mano en un costado de la cabeza del animal. De pronto el perro elevó una de sus grandes patas y el hombre la recibió, cuales socios estrechándose las manos, para luego el hombre hacerle una reverencia simpática al perro a la que éste respondió poniéndose de pie y con un enérgico movimiento de cola salir andando por la vereda hasta perderse en la calle que venía.
Se me arrancó una sonrisa y juraría haber visto a las personas cercanas a él sonreir tambien.
La micro partió por fin y atrás se quedo el hombrecillo menudo y el perro negro que le estrechaba la mano.